Hoy pasé por la Basílica de la Macarena como tengo costumbre de hacer cada semana, para hablar con la Virgen de la Esperanza y con su Bendito Hijo.
Resulta que si puedo, me pongo siempre en el mismo banco desde donde diviso, perfectamente, el Altar del Señor de la Sentencia, el de la Virgen del Rosario y el camarín de la Virgen de la Esperanza.
A la hora que suelo ir, hay pocas personas y parece que tengo más intimidad con Ellos, que no cuando hay muchas personas y en particular los turistas, que continuamente están de un lado a otro tirando fotos con sus móviles. Aunque al decir verdad, me da lo mismo, porque desde que entro en la Basílica, sólo tengo ojos para la Señora y para su Bendito Hijo, a los que por cierto, les doy bastantes palizas con mis peticiones.
Enfrascado estaba en mi conversación con la “Señora” que no me di cuenta que en el mismo banco y pegado a mí, se había sentado una señora muy mayor. Al poco tiempo, se me acercó y muy bajito me dijo, ¡Caballero, usted perdone! Mire es que tengo promesa de rezarle a la Virgen tres salves y resulta que por culpa de mi mala memoria, no me acuerdo de ellas, ¡yo le rogaría si es posible que usted en mi nombre me las rezara! Yo accedí sin dudarlo y le recé sus tres salves a la “Señora”.
Una vez que terminé le comenté, ¡Señora puede usted esperar un poco que yo termine mis oraciones, que vamos acercarnos un momento a la casa de recuerdos, la señora asintió con la cabeza.
La verdad es que después de lo ocurrido, me costó un poco centrarme en mis oraciones, porque era la primera vez que me ocurría algo así.
Una vez que terminé, ayudé a la señora a levantarse y cogida de mi brazo, porque a la pobre anciana le costaba mucho trabajo andar, nos dirigimos hacia la casa de los recuerdos donde le compré una estampa preciosa de la Virgen de la Esperanza, donde venían en su reverso la oración de la salve, que era la que yo buscaba.
Se la entregué a la señora que agradecida, la besó repetidamente y ya en la puerta de la Basílica, me despedí de ella.
¿Qué cosas más raras me pasan a mí? ¡Me pregunté! Pero ya no le di más importancia y seguí con mis visitas a la Basílica como de costumbre. Ya no me acordaba de lo ocurrido, cuando una mañana cuando me dirigía al banco donde siempre me siento, veo que está ocupado y que hay una señora mayor que al principio no reconocí, pero al sentarme en el banco que está justo detrás de donde estaba ella, escucho hablar a la señora que con mucho trabajo rezaba la salve que había escrita en una estampa, de inmediato reconocí por la voz a la señora que días atrás me había pedido el favor.
Una vez que terminé mis oraciones, decidí esperar que la señora se levantase, ¡Cual fue su asombro al verme! Porque me reconoció de inmediato, y cariñosamente se cogió de mi brazo y me comentó que su problema realmente no era la falta de memoria sino que no sabía leer y que gracias a mí y desde aquel día que le regalé la estampa de la Virgen y sin que nadie le ayudara, empezó con mucho trabajo a leer la oración y que poco a poco puede ella realizar personalmente la promesa que le había prometido a la Virgen.
¿Quién será su profesor?
Deja una respuesta