Ando perdido en mi mundo, que sin ser mío, todos los días tomo como propio, sin pedírselo a nadie, no hay dueño que lo reclame. Camino sin rumbo, sabiendo que en cada paso que doy, me desplazo y avanzo por él. Pese a no saber bien cual es el destino o si existe meta al final.
Por motivos me encuentro cohibido, hay momentos en los que me dejo atrapar y veo como la salida se hace cada vez más pequeña, quizás solo se aleje de mí, siendo del mismo tamaño y cambiando solo la perspectiva.
Una sola puerta necesito, una ventana o un simple agujero en la pared para escapar de esta sala diáfana en la que a veces me encuentro.

Ayer se dio un ¿acontecimiento? Sí, podemos llamarlo así, un acontecimiento que ha costado algo de sufrimiento, malos ratos y lágrimas, pero gracias a cierta tercera persona, que entre charlas y hacer ver pequeñas cosas, aquello fue mejorando poco a poco.
Realmente da pena que la mayoría de las veces, tenga que andar con pies de plomo y medir las palabras que salen de mis labios para que al caballero o señora en cuestión no le moleste; que tenga que ir batallando día a día guerras sin sentido porque al vecino de al lado le ha dado por meterse en mi vida porque en la suya, no tiene nada mejor que hacer. Da pena ver cómo se rompen amistades, que se creían para siempre, por la falsedad y la envidia que les corroe por dentro.

Como todo en esta vida, últimamente, pasa en Twitter antes que en la realidad. El pajarito azul es el culpable de la información más absoluta y de forma casi instantánea. Pero sin el casi…