Cuando yo era aún un tímido guerrerito que no levantaba ni tres palmas del suelo, tenía una persona que ya no está a mi lado –uno de esos cascarrabias que todo lo discuten- que decía verdades como puños.
Una de esas barbaridades que soltaba por su boquita, versaba sobre esa semillita que tú siembras con todo el buen trato y cuidado del mundo, y que en unos años empieza a crecer y se convierte en un arbolito.
Ese arbolito, contaba este sabio señor, que debía crecer alto y robusto, y que para ello lo regaban y trataban con mimo. Un buen día, los cuidadores de esa antiguo semillita vieron que el árbol crecía, pero su ya leñoso tronco, terminado en bella y poblada copa, no miraba a los más alto de los
cielos y a la hora media, su sombra tenía demasiada proyección sobre el suelo arado. Eso era indicio de que se estaba torciendo…
Dejaron que el árbol creciera salvaje dentro de aquel parque precioso en el que guardaron con recelo la semilla primaria, pensando que por sí mismo cambiaría el rumbo, abandonándolo a su destino.
Este sabio señor mayor decía que cuando un árbol se torcía había que entablillar su tronco, colocarle unos vientos y atarlo a unas maderas que sirvieran de guía para su lento y fértil crecimiento.
La esperanza está en que aparezca un humilde jardinero y le dedique su tiempo a enderezar ese tallo…
¿Te has sentido alguna vez arbolito torcido y te han ayudado a enderezar tu rumbo? ¿Quizás la naturaleza hace a sus hijos torcidos y las circunstancias nos obligan a enderezarnos?
Grandes palabras de un gran hombre…
El Guerrero
Fotografía extraída de: www.uprising-art.com
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