
Tomó su túnica, cubrió su cabeza y caminó entre cedros y cipreses, en su siempre jardín entorno. En tal ambiente de solemnidad el tiempo se detenía, la calma paseaba entre calles e isletas, panteones y columbarios, donde la alta sociedad hispalense se entremezclaba con personas de a pie, acabando en el mismo lugar a la hora de retirarnos por y para siempre.
Era sin duda la noche por excelencia. Paseaba libremente, sin esconderse, nadie gritaría al verle, incluso sin creerlo, más bien, arrancaría alguna que otra sonrisa. Un paseo placentero entre aquellos vivos mortales.
Pasar desapercibido por momentos, pareciera regalarle instantes de vida, algo un tanto insólito, sin embargo, cohabitar en el camposanto con aquellos viandantes le provocaba una atractiva sensación.
El mausoleo fúnebre del pintor Jose Villegas era sin duda, una de las paradas por excelencia en aquellas visitas, donde la majestuosa figura de la Dogaresa, dejando atrás su activo papel en aquella vida pública veneciana, era la mayor agasajada, la misma que acabaría paseando entre nichos y sepulcros en esta necrópolis sevillana totalmente enamorada de la mano de su fiel encapuchado.
Y en uno esos paseos, divisó la pareja a lo lejos, aquellos paraguas que alzaban los guías a modo de tener controlado el grupo.
Tras dejar atrás la calle de la fe y santiguarse ante el Cristo de las mieles, ambos desaparecieron para, sin previo aviso, mostrarse con total parsimonia, eligiendo el momento oportuno , cuando sólo ellos decidieran.
Fue entonces cuando el avispado guía, se percató de ese preciso instante. Por momentos la Dogaresa no estaba en su lugar predilecto. Sobrecogido tuvo que retenerse, sin poder dar la información pertinente a esas alturas de la ruta. A modo de salvar tan ilusoria imagen, intentó desviar la mirada del grupo, consiguiéndolo. Pero , al mismo tiempo, sin apartar la suya, fue testigo de excepción de la fusión de la pareja en una sola. El encapuchado abrazaba a su amada con su túnica, perdiéndose con el atuendo de ella. La dejó colocada en el lugar exacto y sin querer robarle protagonismo, entreabriendo su túnica, desapareció en segundos.
A la mañana siguiente, de entre las reseñas, el guía no podía salir de su asombro, al leer la más destacada que decía tal que así: Proteger nuestro misterio la pasada noche te hizo grande. Firmado “La Dogaresa”…
