
Hay semanas en las que uno desearía que el mundo cofrade —ese que presume de solemnidad, altura moral y una elegancia heredada de siglos— fuese inmune a las pequeñas miserias humanas. Pero no, ni las hermandades, con su liturgia, su historia y su peso simbólico, escapan a los viejos vicios de cualquier proceso electoral. Al contrario: a veces, en ese templo donde debería reinar la mesura, se cuelan las malas formas como quien cuela un susurro incómodo entre los respiraderos.
Las elecciones en las hermandades deberían ser un ejercicio de responsabilidad serena, casi un acto de servicio. Sin embargo, algunos las viven como si disputaran un trono que nunca existió. Y ahí empieza el problema: cuando el cargo deja de ser vocación y se convierte en escaparate, cuando la papeleta parece la llave de un protagonismo que no corresponde. Porque ganar por ganar, ganar para verse, ganar para sonar… es perder antes de empezar.
Resulta triste comprobar cómo, en ciertos rincones, los discursos se tensan, las sonrisas se vuelven máscara y la fraternidad se quiebra por detalles tan pequeños como el orgullo. Como si olvidar el sentido último de la hermandad —hermanar— fuese un peaje asumible con tal de sentarse en una silla que, al final, solo pesa cuando uno no entiende lo que significa.
No es la mayoría, por supuesto. En cada proceso electoral siguen brillando personas que se presentan para servir sin focos, sin alharacas, sin necesidad de que su nombre retumbe más allá de lo necesario. Gente que entiende que un cargo se honra siendo discreto, leal y útil. Pero incluso ellos sufren las sombras que dejan los que confunden liderazgo con lucimiento.
Quizá haya llegado la hora de recordarlo con claridad: en una hermandad no se gana, se asume. Y no se ostenta, se cuida. El protagonismo es humo; el servicio, lo único que permanece.
Ojalá que en próximas elecciones —y las que vengan— sean menos pugna y más compromiso. Menos ruido y más hondura. Porque si incluso aquí, en este territorio que presume de valores, dejamos que el ansia de figurar marque el ritmo, estaremos perdiendo algo más que un proceso electoral: estaremos perdiendo la esencia que nos sostiene.









