De repente desperté y una espesa niebla me impedía ver más allá de mí. Fue tanta mi sorpresa que dudaba si estaba donde debía estar. ¿Acaso ya no había nada a mí alrededor? ¿Cuánto tiempo tendría que estar sin ver?
Estuve paralizada durante unos minutos, sin atreverme a decir ni una sola palabra, tal vez por el miedo a que tuviese una respuesta inesperada. Analizando las posibilidades, sólo había dos opciones: esperar o explorar. El miedo es inquietante porque no siempre te hace actuar de la misma manera. En ocasiones te paraliza de tal forma que sólo puedes esperar las consecuencias de tu inactividad y otras veces te hace correr sin la certeza de escapar del temor. Sin pensarlo, de una manera inesperada, mi cerebro dio la orden de explorar.
