La fábula de la felicidad

Erase una vez una niña, llamada Alicia, la cual vivía en una casa humilde con sus padres. Su casa estaba bastante retirada de la ciudad, rodeada de árboles por todas…

Erase una vez una niña, llamada Alicia, la cual vivía en una casa humilde con sus padres. Su casa estaba bastante retirada de la ciudad, rodeada de árboles por todas partes, por lo que ella sólo salía de allí en contadas ocasiones y siempre que el padre quería llevarla con él a trabajar.

Pero Alicia llegó a una edad en la que se sentía como en una jaula en su pequeño hogar. Se había estado fijando con mucho detenimiento en cada detalle del paisaje que le rodeaba, incluyendo en sus padres. Y, un día, comprendió porqué se estaba sintiendo tan asfixiada… No había felicidad en su vida. Al entenderlo todo, no pudo aguantar las lágrimas y salió llorando hacia una laguna que había cercana a su casa.

Cuando llegó a la laguna se encontró con algo que nunca había estado allí… Un pequeño puente cruzaba la laguna hasta la orilla opuesta donde se encontraba la niña. Llena de curiosidad, cruzó el puente y se adentró en el bosque del otro lado. Todo le parecía familiar y, al poco tiempo, llegó a la entrada de una casita muy colorida, de la cual salía un aroma embriagador por la chimenea.

Antes de que Alicia avanzara más hacia la casa vio aparecer a una anciana con un gesto extraño en el rostro. La mujer se acercó a ella con una sonrisa radiante y le dijo a la niña: -Vamos, Alicia, acércate. No tengas miedo, te estaba esperando. Sabía que vendrías hoy y te he preparado un pastel de albaricoque, que sé que te encanta -.

Alicia la siguió hacia el interior de la vivienda, se maravilló al verla por dentro y sintió también que le era conocido aquel lugar. Sin que de su boca saliera ni tan siquiera un susurro, la anciana le ofreció un poco de leche y un trozo de pastel y le dijo:

– Alicia, sé porque estás aquí. Sé que hasta hace dos minutos tus ojos estaban cegados por las lágrimas. Pero no debes estar triste, llegará el día en el que encuentres la felicidad.
– Oh! -se sorprendió Alicia al escuchar esas palabras-. Pero, ¿cómo podré encontrar la felicidad si mis padres no lo son y no hay nada a mi alrededor que lo sea?
– Sé que parece imposible, pero lo harás. Verás, yo salí en busca de la felicidad. Quise descubrir cuál era la mejor manera de ser feliz y tras muchos años de búsqueda puedo decir que comprendí todo lo que debía saber para conocer la felicidad. Pero no puedo decirte nada más, tendrás que ser tú la que busques tu propia felicidad.

Alicia se marchó ilusionada, aunque sin tener la menor idea de cómo ni dónde empezar a buscar. A la vuelta, el camino se le antojó más largo de lo que recordaba y empezó a creer que se había perdido. Se topó con un riachuelo lo bastante profundo y ancho como para que ella no pudiera cruzarlo. De repente, aparecieron un par de castores que se pusieron con afán a preparar troncos y colocarlos de manera que formasen un pequeño puente. Alicia se quedo fascinada de la rapidez y energía con la que trabajaban los castores, se les notaba que disfrutaban en la elaboración de aquel puente. Cuando acabaron su trabajo contemplaron como la niña lo cruzaba, agradeciéndoles su esfuerzo, y se fueron jugueteando río abajo.

Al poco de cruzar el riachuelo comenzó a escuchar una especie de chillidos que le paralizaron de miedo durante unos segundos. Asustada, pero intrigada por el origen de aquellos gritos, intentó llegar hasta el lugar exacto, donde se encontró con un pequeño gorrión en el suelo. Alicia vislumbró en la copa del árbol el nido del cual seguramente habría caído aquel pajarillo. Segura de que podría treparlo, se guardó al gorrión en el bolsillo de su vestido y comenzó a agarrase firmemente a las ramas. Cuando lo dejó en su nido estaba tan cansada que decidió permanecer un rato sentada para recuperar las fuerzas. Mientras descansaba, la cría empezó a emitir otro sonido distinto a los chillidos que escuchó antes y, al poco tiempo, vio llegar a la madre del gorrión con el pico lleno de comida. Tras ver al feliz polluelo reunido con su madre, deseó llegar a casa lo antes posible para estar con sus padres.

De manera, que bajó del árbol lo más rápido que pudo y empezó a correr hacía donde imaginaba que podía estar su casa. Al poco tiempo consiguió llegar a la laguna. Al ver allí de nuevo el extraño puente, el corazón le dio un vuelco. Ya segura de que había llegado a casa se dirigió hacia ella con paso más tranquilo. Y nada más verla Alicia lo comprendió todo…

Se había marchado de aquel lugar triste y con lágrimas en los ojos y había vuelto feliz. Feliz por haber encontrado su casa, feliz por haber reunido al pequeño gorrión con su madre. Feliz por haber tenido la ayuda de dos amables castores y feliz por saber que el día de mañana seguirá sabiendo ser feliz en esa misma vivienda.

Desde entonces, Alicia supo que no hay una felicidad absoluta, que hay muchas cosas distintas que proporcionan felicidad y que no todas las personas son felices con las mismas cosas. De manera, que a lo largo de su vida tendrá que ir buscando los pequeños o grandes detalles que la hagan feliz.

Comentarios

6 respuestas

  1. Avatar de Abraham
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    Javier Infantes
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    el filosofo
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