
Se detiene.
Inmóvil en un espacio vacío e infinito. Su respiración está acelerada, desea girar su torso, mirar hacia atrás, pero piensa que no es el momento. Desconoce su estado actual. Alma y materia, solo alma o tan solo materia.
Lo último que aparece en su mente es una tarde de otoño junto a un arroyo que se forma por el deshielo de las montañas, cercano a una espiga de trigo.
En el pasadizo espacial, los espejos suspendidos en la nada, parecen los últimos puentes colgantes de ciudades universales.
Un mundo. Un mundo, donde sus habitantes desconocen cuándo pueden llegar a volar en mil pedazos.
El espacio se abre en incontables pasillos infinitos que se ramifican en otros con las mismas características.
Su rostro, ¿desconocido o conocido?, la lleva a pensar en quién es, aunque reconoce sus ojos y no su mirada, su nariz y no su respiración, sus orejas y su cabello lacio, pero no sabe quién es.
Los espejos, le brindan la última oportunidad para observar dentro de ella y así poder encontrarse para luego retomar su camino.
Sí, ella es Raquel, una panadera de los suburbios rosarinos a quien la paga recibida, solo le alcanza para comer y comprar, cada tanto, una prenda usada en la feria de calle Mitre.
Ahora suspira y continúa hasta el último aliento..
Gustavo Bianchi
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