
Un tiempo buscó una nueva hazaña para aprender lo bello que ofrecía el mundo. A decir verdad, habían muchas cosas con las cuáles podía sumirse en reflexiones precisas; ninguna cosa le atraía hasta ahora.
Fue de cuadro en cuadro, pintura en pintura, manipulaba los colores y los sueños que plasmaban en sus obras los artistas, para poder conocer, a sus personajes venideros de un cuento de hadas.
Entonces recorrió varias composiciones, y bailó y bailó y bailó, con justo proceder, entre matices y canciones coloridas. Regentó a la Aurora y al Amanecer de los dibujos de varios, jugó con los niños de un cuadro de macilenta creación; engendró imaginarias promesas con mujeres que se bañaban sin atavíos desde la mente de los autores que las pintaban y aprendió del oficio de los santos que oficiaban sanación para quienes se postraban ante ellos. Esos que buscaban redención.
Las palabras de San Pelagio, el niño mártir, le habían hecho reflexionar en ese momento en el que buscaba un guía, y continuó y continuó y continuó, viajando y reuniendo información para debatirla con su creador.
Entonces, y sólo entonces, por azares del destino dio con el cuadro de ella. Ella que colmaba el lienzo en blanco con sus pinceles y acuarelas. No vio en ese personaje alguno pero sí a ella. Y, tras asomarse tímido en el recuadro a punto de parir una buena nueva, señaló los bordes en los que se perdían algunas traviesas gamas que equilibraban sus memorias y anunció así:
“Me parece que le falta un rojo más rojo. Este rojo es opaco y sin vida”, lo dijo sin parecer grosero. Quería guiarla de algún modo. “Y este azul es pálido. ¿Te gustan los colores sin vida?”, se anunció el hermoso muchacho desde el cuadro.
Ella le respondió con un beso. Ese arrojado y depuesto sobre su mejilla de ingenuidad de justicia inevitable.

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