
Pasear por esa Sevilla antigua que todos amamos, muchos contemplan boquiabiertos y otros tratamos de amar y mimar, es sentir cómo el tiempo, juez implacable que a su ritmo pone todo en el lugar que corresponde, se arremolina en cada esquina, en cada callejón, en cada macetón de patio vecinos, como si las fachadas fueran páginas abiertas de un libro que no termina nunca. Y lo cierto es que, aunque los turistas suelen fijar su mirada en la grandiosidad de la Catedral o de la Giralda, en la Torre de Oro, y la Plaza España, la Sevilla que más habla es la que se esconde en esas calles adoquinadas, en las sombras del Arenal, en las columnas romanas ocultas en sótanos de bares o en los patios mudéjares que resisten a los siglos.
Porque Sevilla no es solo postal: es memoria viva. Fue puerto de Indias, ombligo del comercio mundial en el siglo XVI, y también un hervidero de contrastes, donde lo sagrado y lo profano caminaban juntos de la mano. Esa Sevilla antigua todavía nos marca, incluso aunque no la miremos. El recuerdo a Niculoso Pisano en cada azulejo, cada tapia agotada y erosionada por los balonazos, el viento, la lluvia y los años, nos recuerda que aquí convivieron civilizaciones que dejaron huellas profundas: romanos, árabes, judíos y cristianos.
Hoy, en tiempos de vértigo digital, recuperar esa Sevilla oculta no es un capricho estético: es un deber. Porque en esos muros agrietados y en esas calles estrechas está la identidad de un pueblo que aprendió a levantarse una y otra vez, a reinventarse sin perder su raíz.
La Sevilla antigua no es pasado muerto, es presente que resiste. Y mientras alguien se detenga a escuchar lo que cuentan sus piedras, seguirá siendo también futuro.

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