
El Betis firmó un empate insuficiente (1–1) ante el Girona en un partido que, por momentos, se hizo demasiado largo y demasiado gris. El equipo arrancó frío, sin ideas, y lo pagó. El Girona golpeó primero con un disparo ajustado que dejó a Valles sin respuesta y al Betis por detrás demasiado pronto.
A partir de ahí, el equipo fue a trompicones: posesión sin profundidad, muchas pérdidas y muy poca claridad arriba. El regreso de Isco, en su día de renovación oficial, fue la única chispa en una primera parte plana. Pero con él en el campo, al menos volvió la sensación de que algo podía pasar.
Y pasó. En la segunda mitad, con más ritmo y más movilidad, llegó el empate. Isco botó un córner perfecto al corazón del área y Valentín Gómez, que volvió a demostrar que tiene un imán para esas jugadas, remató de cabeza para el 1–1. Ese gol despertó al Betis y por un rato pareció que el partido cambiaba de manos.
El problema es que el arreón duró menos de lo que necesitaba el equipo. El Betis lo intentó, sí, pero sin terminar de mandar ni de empujar con claridad. Y para colmo, la expulsión de Antony, totalmente evitable, volvió a frenar cualquier intento de remontada. Con diez, el partido se partió y se volvió más caótico que real.
El punto sirve para sumar, pero deja una sensación clara: este era un partido para ganar. El Betis reaccionó, pero tarde; igualó, pero sin rematar; mejoró, pero sin convicción. Y así, en una liga tan ajustada, se escapan oportunidades que luego se echan de menos.

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