
Capítulo 2
Ya en su despacho, Madison apenas tuvo tiempo de acomodarse antes de que Susana entrara sin previo aviso.
— Ah, disculpe. Pensé que estaba en el despacho del subdirector —señaló, depositando varios expedientes sobre el escritorio—. Aquí tiene lo que me pidió en relación con el caso Cooper. Stephen y yo seguimos buscando alguna semejanza que sirva como precedente legal.
Madison apoyó un instante la mano en la sien. El día parecía decidido a poner a prueba su paciencia.
—¿Algo más, Susana?
—Sí, Victoria la ha llamado para recordarle la cena del viernes. ¿Quiere que le devuelva la llamada?
—No será necesario. Solo infórmame cuando llegue el chófer, por favor.
Susana asintió y se marchó, cerrando la puerta con delicadeza.
Al quedarse a solas, la rigidez ejecutiva de Madison se aflojó. Dejó caer los hombros, soltó un suspiro largo y contempló el móvil. No tenía ánimos para nada, pero con su amiga Victoria no necesitaba ni máscaras ni muros defensivos. Tras beber un sorbo frío del café de la mañana, marcó.
—Hola, Vicky, ¿cómo lo llevas? —le preguntó, reprimiendo un bostezo.
—¡Madi, mi andaluza favorita! —le contestó Victoria con energía—. Tengo una noticia que te cambiará la vida: he conseguido mesa en El Bernardino.
—¡¿En El Bernardino?! —Madison se reincorporó en el sillón, asombrada—. Pero si conseguir una mesa allí es casi más difícil que ganar un juicio contra el Ayuntamiento de Nueva York. ¿Me lo dices en serio?
—Sí, llevo semanas gestionando cómo conseguir que un compañero de la Fiscalía me cediera su reserva. Reconócelo: soy la mejor, no puedo evitar ser extraordinaria —se jactó Victoria antes de soltar una carcajada—. Anda, susúrrame que te he arreglado el día.
—Bueno, sí. Te lo compro. No sé qué da más miedo: tu capacidad para ganar juicios o para conseguir una mesa en El Bernardino —bromeó Madison, alimentando su ego.
La tensión del despacho se evaporó en un segundo. Con Victoria al otro lado de la línea, la abogada implacable dejó paso a la gaditana ingeniosa que tan pocos tenían ocasión de conocer. Tardaron muy poco en sacar a relucir a Lisa, la encargada de la última reunión. Su pequeño grupo de amigas había nacido con un propósito muy sencillo: olvidarse durante unas horas de las responsabilidades y volver a ser ellas mismas.
—Verás cuando se entere Lisa… se va a poner verde de la envidia —comentó Victoria—. Aunque, te digo una cosa, bien merecido lo tiene después del experimento culinario al que nos sometió en su casa.
Ambas soltaron una carcajada limpia, de esas que deshacen los nudos del día.
—El caso es que no exageras —rió Madison, rescatando una lágrima del rabillo del ojo antes de que le estropeara el rímel—. Di que salimos vivas de milagro, porque ese pescado tenía más años que las tablas de Moisés.
—A ver, seamos serias, aquí ninguna está exagerando —replicó Victoria con su marcado acento neoyorquino—. Lo establecido entre las cuatro tenía unas bases muy claras: cada una se encargaba de la cena cuando le llegara el turno. Después de aquella cena, todas nos planteamos seriamente revisar las reglas. Todavía tengo el estómago pidiendo explicaciones. ¿Sabes cómo sonaba aquello? Como si mi aparato digestivo llevara media hora levantando la mano para pedir la palabra.
Victoria insistía con cada ocurrencia porque conocía a Madison lo suficiente como para saber que, aquel día, una carcajada valía más que cualquier consejo.
—Vale, vale. Por favor, calla —asintió Madison—. Dime la hora y el día antes de que me fracture una costilla de tanto reír.
—El viernes a las diecinueve treinta; y tú te ocupas de decírselo a Lisa. Es que… después de mis comentarios sobre sus dotes culinarias, está algo tensa conmigo.
—Genial, no te preocupes, yo me encargo de las alegaciones —exclamó Madison con tono jocoso—. Me la meto en el bolsillo en menos de tres minutos. Ahora debo dejarte, tengo que volver a la realidad.
Madison dejó el móvil sobre unas carpetas y se dispuso a revisar los documentos del caso que la mantenía absorta. Tras unos minutos de lectura, consultó su reloj de muñeca y propinó un pequeño toque sobre el rectángulo de cristal.
—No es posible que Henry tarde tanto —murmuró preocupada. Tras consultar el reloj una vez más, se resignó y abrió otra carpeta—. Bueno, de perdidos al río, como diría mi madre… —El recuerdo de su voz le dibujó una sonrisa involuntaria—. Tengo que llamarla.
Unos golpes discretos en el marco de la puerta rompieron bruscamente el curso de sus pensamientos.
—Adelante. ¿Dime, Susana?
—Su coche la espera en la entrada, jefa.
—Sí, por supuesto. Dile al chófer que tardaré quince minutos… —Madison dejó la frase en el aire y rectificó—. ¡O mejor no!
Recogió sus cosas con rapidez y ya en la puerta le pasó unas notas manuscritas a su secretaria.
—¿Le das esto a Stephen, por favor?
—Ahora mismo se las doy. Hasta mañana, Madison.
Susana respiró aliviada en cuanto vio a su jefa alejarse por el pasillo; aquella marcha le venía de perlas. Si se daba prisa, aún llegaría a tiempo de recoger a su madre. Ya estaba mayor y muy castigada por la artrosis, aunque seguía tan cabezota como siempre. Aquella misma mañana se había empeñado en ir sola al veterinario con el gato. Observándose las manos, Susana comprobó que aún sostenía las notas. Se alisó la ropa, dibujó su mejor sonrisa y se acercó a la mesa del becario.
—Esto es para ti, de parte de tu jefa —anunció.
Al coincidir, ambos se quedaron embobados, sosteniendo la mirada durante unos segundos en los que el tiempo se detuvo. A Susana se le pusieron los vellos de punta. Stephen, algo turbado, retiró la vista y comenzó a revisar las notas por encima, jugueteando con un pequeño mechón de su pelo mientras trazaba círculos con el dedo. Era un gesto que le caracterizaba cuando estaba concentrado, y que a Susana la volvía loca.
Mientras tanto, Madison ya se encontraba en la calle, donde la limusina del bufete la aguardaba junto a la acera. El chófer permanecía de pie junto a la puerta trasera.
—Buenas noches, señorita Madison. Espero que haya tenido un buen día.
—Buenas noches, Henry. La verdad es que ha sido duro, pero por fin ha terminado.
—No sé yo, señorita… — dudó Henry, un viejo afroamericano que llevaba casi media vida al servicio de los directivos de R.R.
Levantó una ceja, señalando el brazo de la abogada, y con un leve movimiento de cabeza, inquirió—: ¿Y esas carpetas? Sabe más el diablo por viejo que por diablo, señorita… —sonrió y le guiñó un ojo.
—Ya me conoces, Henry —contestó ella, devolviéndole la sonrisa—, solo es un poco de lectura, para conciliar el sueño.
El chófer asintió, se colocó bien la gorra y subió a la limusina. Durante el trayecto, Madison rompió el silencio:
—Henry, he estado pensando en aquello que me contaste hace un par de semanas.
A través del espejo retrovisor, el rostro de Henry reflejó atención. Recordaba perfectamente aquella conversación. Había confesado a Madison un sueño que llevaba años persiguiendo: alquilar un pequeño local y abrir un centro para ayudar a los jóvenes de su barrio. Llevaba muchísimo tiempo ahorrando, pero aún le faltaban unos veinte mil dólares.
—Sí, señorita, aún sigo en ello, ahorrando lo que se puede.
—Hoy he pasado por el departamento de Recursos Humanos y he firmado una orden para que este mes mi salario completo sea transferido a tu cuenta bancaria. Espero que lo aceptes. Tan solo te rogaría discreción: no quiero que nadie en el bufete se entere de esto.
El viejo chófer escuchó las palabras en un absoluto y respetuoso silencio. Minutos después, detuvo el vehículo frente a la residencia de la abogada. Hizo el ademán de bajarse apresuradamente, pero Madison le tocó el hombro con suavidad para detenerlo.
—Déjalo, Henry, no es necesario que bajes.
El hombre la miró fijamente a través del espejo, con la voz afectada por la emoción.
—Esto va a ayudar a muchísimos jóvenes del barrio, señorita. Gracias, de todo corazón.
—No es nada, Henry… Me hace muy feliz poder ayudar. Hasta mañana —se despidió Madison, esbozando una cálida sonrisa antes de salir del coche.
