
Él humedeció sus labios con los suyos empapados y su dulce sabor, es el placer en su boca. Recorrió cada poro de su piel con las yemas de sus dedos.
Dos cuerpos en uno o solo uno en la imaginación del otro.
El observó sus ojos ausente, escuchó su silenciosa respiración en sus oídos y sus gemidos del alma perforaron su pecho agitado. Y el inmaculado momento posterior.
Quizás jamás estuvo presente en el octavo «A».

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