Cláusulas del amor (capítulo 3)

Capítulo 3 Nada más llegar, Madison se descalzó en la entrada; era una costumbre que había adquirido tras su último viaje a Japón. Libre de la rigidez del día, fue…

Capítulo 3

Nada más llegar, Madison se descalzó en la entrada; era una costumbre que había adquirido tras su último viaje a Japón. Libre de la rigidez del día, fue a la cocina a por un táper de ensalada que tenía listo en la nevera. Por una vez, había seguido el método de su madre: la pasta abajo y los ingredientes delicados, como las hojas verdes y el aguacate, arriba. Una genialidad materna que esa noche le salvaba la cena.

Regresó al salón y se sentó en el sillón, dispuesta a revisar unos expedientes. Cuando terminó con el último, cerró las carpetas, sonriendo al recordar el comentario de Henry.

Ya en la cama, se recogió el pelo de cualquier manera en un moño alto, sujetándolo con el primer lápiz que encontró en la mesilla. Estiró las piernas buscando la postura mientras repasaba unas notas y trazaba un par de líneas al margen, con el bolígrafo permanentemente entre los dientes. Al alargar la mano en busca de un sorbo de agua, su mirada se cruzó con la taza de té que había abandonado esa misma mañana. Sonrió con desgana por el descuido, consultó el reloj y su mente se desvió de las leyes por un momento, dejándola pensativa.

—¿Estará levantada? Sí, seguro. Lisa no sabe desconectar, estará revisando algún caso… —murmuró. Se rascó el cuello y, tras deslizar el dedo por la pantalla del reloj, activó la búsqueda del móvil—. Vale, suena por aquí.

Bajó de la cama con tanta prisa que terminó enredándose con la colcha. Pisó un pendiente extraviado y dio un respingo. Se quedó inmóvil un instante, recorriendo el dormitorio con la mirada. Al cabo de unos segundos, una tenue luz asomó bajo la cama. Negó con la cabeza, se agachó para recoger el móvil y sonrió.

—No entiendo nada. Mamá tiene razón, no pierdo la cabeza porque la llevo pegada al cuerpo —bromeó, saltando de nuevo a la cama.

Pulsó el tres de la marcación rápida y, al primer tono, Lisa contestó.

—¡Eso es velocidad! ¿Esperabas una llamada? ¿Algún rollito, quizás?

—¡Qué más quisiera yo…! Estoy trabajando; lo tenía cerca —respondió Lisa con un suspiro que atravesó la línea—. A ver, dime. Como diría tu madre: ¿qué te duele?

—El viernes, a las diecinueve treinta, en El Bernardino.

Madison guardó silencio, disfrutando del suspense. Le había lanzado aquel dardo con todo el cariño del mundo.

Al otro lado de la línea, Lisa soltó un grito tan estridente que la abogada alejó el auricular a toda prisa, poniendo los ojos en blanco.

—¡Si será zorra! No le basta con ser guapa; encima tiene dinero… Unas tanto y otras tan poco. ¡Solo tienes que mirarme a mí! Gorda y, lo que es peor, con menos pelo que el culo de una gallina.

—Vamos, no te pongas así. Te sobran un par de kilos, pero ¿gorda? No seas exagerada, Liz.

Lisa siguió protestando:

—¡Pero qué fuerte! No me lo puedo creer. Ha elegido precisamente ese restaurante para hacerme quedar mal.

Madison la escuchó, esforzándose por contener la risa.

—Vamos, Lisa, no seas injusta. Sabes que no nos importa comer en tu casa, pero tienes que reconocer que lo de cocinar no es lo tuyo…

Las dos terminaron riéndose y, al cabo de unos segundos, Lisa claudicó.

—Tienes razón. El pescado estaba horrible.

—¿Entonces guardamos las armas? ¿El viernes… nos vemos? —preguntó Madison con ese tono dulce y cariñoso que tan buenos resultados solía darle.

—Venga, sí. Nos vemos allí —cedió Liz.

Madison apagó la luz y deslizó el teléfono bajo la almohada. El rumor constante del tráfico de la calle terminó por adormecerla.

 Al otro lado de la ciudad, Henry seguía al volante, conduciendo para Richard Red hijo rumbo a la casa de la playa.

—¿Qué tal el día, Henry? —le preguntó Richard con la cercanía de quien lo conocía desde niño.

Durante unos segundos solo se escuchó el rumor del motor. Desde la muerte del padre de Richard, ninguno de los dos encontraba las palabras con la misma facilidad.

—Bueno, Richard, los años no perdonan. Pero dejémonos de achaques… mejor dime, ¿cómo te encuentras tú?

Richard volvió la vista hacia la ventanilla y respondió sin apartar la mirada de la oscuridad.

—Teddy hizo todo lo que pudo.

—Sí, el doctor Wilson hizo cuanto estuvo en su mano. Eso nadie puede discutirlo —asintió Henry.

—Cambiando de tema, esta noche te quedas en casa.

Henry sonrió con amabilidad.

—Me encantaría, Richard, pero mi hija suele llamarme y se preocupará si no estoy en casa —Hannah conservaba la belleza serena de su madre, pero el carácter protector lo había heredado de Henry.

—Eso tiene fácil arreglo. La llamo ahora mismo.

Sin darle tiempo a Henry a protestar, marcó el número de Hannah.

—Buenas noches, Hannah. Perdona que te llame a estas horas, pero necesito que tu padre me recoja temprano, así que esta noche se quedará conmigo en la casa de la playa.

—Gracias por avisarme, Richard. ¿Y tú cómo te encuentras? En la misa apenas hablaste.

—Estoy bien… No te preocupes por mí —contestó Richard, esquivando la pregunta—. Ya hemos llegado. Nos vemos pronto, Hannah.

—Sabes que puedes contar conmigo, ¿verdad?

—Lo sé… —respondió él.

La línea se cortó. Henry desvió el vehículo hacia el camino de entrada y los neumáticos crujieron sobre la grava hasta detenerse. Al apagar el motor, el silencio del habitáculo fue sustituido por el rumor constante de las olas.

Poco después, Henry estaba sentado en el porche, con la mirada perdida en el horizonte. Richard regresó de la cocina con dos cervezas en la mano.

—Toma…

Henry extendió la mano para coger el botellín.

—No me gustan estas cosas —protestó, negando con la cabeza. Sabía que Richard le había pedido que se quedara porque estaba preocupado por él.

—Vamos, Henry. Compartamos una cerveza mientras escuchamos el mar.

El anciano suspiró.

—Cuántos recuerdos me trae esta casa…

—Y todos buenos —respondió Richard—. Hannah y yo nos pasábamos el día en la playa. Ella levantaba castillos en la arena y yo me ocupaba de las almenas. Luego corríamos al mar con los cubos para traer agua y reforzarlas.

—Lo recuerdo… Cuando yo os decía que era hora de volver, siempre me pedías cinco minutos más —añadió Henry sonriendo con ternura.

Terminaron la cerveza en silencio. Richard se quedó un segundo mirando el botellín vacío y sonrió.

—¿Otra?

Henry le devolvió la sonrisa y respondió con un leve guiño. Richard se levantó y se dirigió a la cocina.

De pronto, Henry se llevó una mano al pecho. Un gemido ahogado rompió el silencio de la noche.

Richard se giró al instante. Los botellines resbalaron de entre sus manos y estallaron contra el suelo.

Corrió hasta él.

—¡Henry! ¿Qué te ocurre? ¡Contéstame! ¡No me hagas esto!

Pero el anciano no respondía.

Con manos temblorosas, Richard marcó el número de Teddy.

—¡Teddy! Necesito tu ayuda. Henry se ha desplomado. Creo que es el corazón. Está inconsciente.

—Tranquilo, Richard. ¿Dónde estáis?

—En los Hamptons, en la casa de la playa.

—Voy a enviar un helicóptero.

Richard cerró los ojos un instante.

—No puedo perderlo, Teddy…

—Lo sé. Haremos todo lo posible.

—Vamos, viejo amigo… ¡No me hagas esto!

Henry recuperó por un instante la consciencia.

—No te preocupes… Este viejo cabezota todavía tiene mucho que decir.

—¡Eso! ¡Quédate conmigo, viejo! ¡El helicóptero está a punto de llegar!

Los minutos pasaban y su respiración se hacía cada vez más lenta.

—Tengo la boca seca… —susurró Henry con un hilo de voz.

—¡Ahora mismo te traigo agua!

Richard lo cogió en brazos y lo llevó al interior de la casa.

—Ven, te pondré en el sofá. Aquí estarás más cómodo.

Lo acomodó en el sofá y corrió hacia la cocina sin perderlo de vista. No estaba preparado para perderlo. Se quedó mirándolo mientras el vaso desbordaba bajo el grifo, salpicándole las manos temblorosas.