Desde el día anterior a la festividad de la virgen recuerdo ver el trajín de mi madre lavando y planchando la ropa que nos pondríamos el día siguiente para ir a ver a la Virgen. Esa noche todos estábamos muy temprano acostados, porque a la mañana siguiente nos levantaríamos temprano, casi de madrugá.
Vivíamos este acontecimiento con tanta ilusión que sólo es comparable con la madrugá del Viernes Santo donde nerviosos esperábamos la llegada del mediodía para enfundarnos nuestras sagradas túnicas de nazarenos y donde era un gozo para mi madre ver salir a los tres, juntos hacia la Capilla del Patrocinio.
Pues bien, resulta que el tan odioso despertador que cada mañana sonaba con ese sonido estridente esa mañana hasta nos gustaba. Con la prisa correspondiente que mi padre imprimía para “que no nos cogiese el toro”, como siempre comentaba, una vez preparado, nos dirigíamos a la parada del 5, (con qué nostalgia recuerdo ese número), que estaba en la calle Castilla pegado a la Plaza de Chapina y que era donde paraba el autobús que nos llevaría hasta la Plaza de la Magdalena. Parada por cierto junto a la puerta principal de la que fue “Galerías Preciados” y que hoy es de El Corte Inglés.
Nos dirigíamos por la calle Sierpes, que según mi padre y aunque estaba un poco más lejos era su costumbre de siempre, hasta el Ayuntamiento para coger luego la antigua Avenida de José Antonio, hoy Avenida de la Constitución y llegar entre empujones al sitio más cercano casino dónde más tarde pasaría la Virgen, porque verla salir, prácticamente, era imposible, ya que había gente que había pasado allí la noche para coger el sitio privilegiado.
Cuando llegaba la Virgen se respiraba un ambiente de oraciones y peticiones que yo creo que hasta la mismísima Giralda se acoplaba a las voces interiores de las cientos de personas que a su paso le rogaban y rezaban. Una vez pasada Élla y todo el cortejo militar que la acompañaba paseábamos tranquilamente hasta el Prado de San Sebastián donde buscábamos un bar para sentarnos y degustar los churros con chocolate tan tradicionales en este día. Luego nos íbamos hasta la Plaza de América donde disfrutábamos con las palomas que orgullosas, acudían a nuestras manos llenas de alberjones posándose hasta en nuestras cabezas donde el instinto de los fotógrafos captaban dicho momento. Día maravilloso donde sólo el que tuvo la suerte de vivirlo puede regocijarse con su recuerdo…
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