
—¡Silencio, mujer, la van a oír hasta en la llanura si sigue así! —aseveró la señora Zolarix.
En aquel momento, la señora Horig observó la mano de la anciana durante unos instantes, “en los que permaneció en silencio”. No lograba comprender por qué su esposo se encontraba a solas con ella dentro de la despensa, ni por qué sus dedos, blanquecinos, se encontraban sobre la boca de su esposo cuando entró.
—¿Qué ocurre aquí? “¿Me eres infiel con la nodriza?”, —preguntó con intención de ofenderla al rebajar sus cargos.
De pronto, el semblante de la señora Zolarix se descolgó como un lienzo. A pesar de ello, el del señor Turig, era el de alguien que se sentía importante; ya que con su decisión, sin duda, había salvado la vida de la reina, y por ende, la de todo el reino. Se sentía tan útil y valioso que de repente encontró el valor para enfrentarse a la señora Horig.
—No digas tonterías, mujer. La señora Zolarix y yo estamos abordando asuntos muy serios, “asuntos reales” —aseguró, perdiendo un instante al introducir los pulgares en las tiras del delantal para estirar el torso con gesto de enorme satisfacción.
La señora Horig, sin embargo, mantuvo la mirada de incredulidad.
—¡así qué, asuntos reales! En la despensa… Que, sin duda, es el lugar más indicado. ¡No, si es de lo más normal! Ayer mismo, vino el señor secretario, con el consejero Vertux y estuvieron reunidos aquí durante un buen rato —expresó con ironía.
El señor Turig la miraba, temiendo lo peor. Cada palabra que salía de la indignada boca de su esposa, lo hacía como una sentencia. Por el contrario, la señora Zolarix, no estaba para sus bobas acusaciones.
—¡Su marido no es de mi agrado! ¡Mis gustos son algo más refinados! —añadió, mirando de arriba abajo, al chef, molesta, por la indecorosa deducción de la cocinera. “Entretanto, el señor Turig abría los ojos, sorprendido, por la sinceridad de la anciana”.
—“Ojo con la vieja”, ¡que me claven mil cuchillos por la espalda! Ni una gota de sangre me ha quedado en el cuerpo ¿Qué te parece? Más arrugada que un higo y ‘disque’ no le gusto —murmuró frustrado entre dientes. Mientras la señora Zolarix interrogaba a su esposa.
—¿Habéis dado algo de comer a la cría de Ovalí?, ¿o alguien lo ha hecho a lo largo de la mañana?
—Me temo que ha sido él… ¡Y no os atreváis a negarlo!, —levantó el puño amenazando a su marido—. ¡Desde el momento en que vi a mi pequeño Laraz! ¡Lo supe!
—¿Qué ha dicho? —preguntó la anciana, sorprendida—. ¿Le ha puesto nombre de elfo real a su mascota? ¿Acaso no sabe que está prohibido? ¡No debió hacer eso! —aseguró la señora Zolarix dispuesta a ser muy severa ante una infracción clara contra las leyes escritas—. Desde el principio, todos saben que cada aldea está sujeta a los nombres de sus descendientes. ¡Siendo el último signo heredado por su familia, el que da sonido a su nombre!
—Sí, ¿por qué lo has hecho, mujer? —gritó el señor Turig, aprovechando el apoyo que le prestaba la señora Zolarix. Pues en raras ocasiones podía regañar a su soberbia esposa, y preparado para sacarle partido a cada segundo, añadió—, en el caso de los enanos —insistió disfrutando la inesperada, pero valiosa ocasión—, el signo correcto es la ‘g’ y por supuesto la ‘z’, está destinada a la realeza elfa, y así podríamos continuar con la ‘x’, para los duendes…
—Cállate, o no verás más lecho que el frío suelo durante una semana —farfulló susurros la señora Horig; idioma que su marido comprendía a la perfección, puesto que lo utilizaba la mayor parte del tiempo.
—¡Poco os ha dicho! —aseguró la anciana increpando su feo comportamiento—. Se merece cada palabra de esta reprimenda, y le aconsejo, por su bien, que no vuelva a comportarse de esa manera si no quiere que le cueste el despido.
En ese instante, la señora Horig se recogió el delantal con ambas manos y lo llevó hasta su cara para ocultarla—. ¡Perdóneme!, mi intención no era faltar a los elfos reales… ¡Sí, admito que no estuvo bien! ¡Pero lo hice porque mi pequeño Laraz era tan hermoso como uno de esos elfos reales!, —confesó sollozando.
—¡Pero eso no la disculpa, sigue siendo una ofensa para la aldea de Turmalina y para el Alcázar Real! No puede ser tan imprudente. Le confieso que me ha decepcionado, señora mía. ¡No esperaba esto de usted! Puede que de él sí —dijo, señalando al señor Turig.
—¿Qué nombre le podría poner? ¿Larag? Ese es nombre de enano, y mi pequeño. Bueno, me pareció demasiado hermoso, ¡lo más hermoso que he poseído en toda mi vida! —aseguró entre lágrimas.
El semblante del chef cambió una vez más, mientras la piel de su frente caía alineándose con sus cejas. No era suficiente con los desprecios de la anciana, su mujer también estaba por la labor. Desmotivado por la sorpresa, y sin más orientación que la de sus propios celos, añadió:
—En eso tienes razón, mujer, ¡sin duda lo más hermoso! ¡No puede ser de otra manera, aun cuando no ha cumplido su primera luna entre nosotros!
La señora Horig se volvió con los ojos enrojecidos y gritó al señor Turig.
—¡Esto lo vas a pagar! Si algo puedo decirte con total certeza, es que lo vas a pagar —aseguró, descontrolada, secando sus lágrimas con rabia.
—¡Basta! —ordenó la anciana poniendo fin a la disputa—. Hasta que tenga pruebas de que el pequeño animal se ha envenenado con la fruta, ¡no quiero saber más de este asunto! A trabajar. Termine de una vez las bandejas de frutas y a partir de mañana las recogerá usted personalmente.
—Pero eso es tarea de los aptos. ¡Solo ellos están autorizados a recolectar el alimento real! —afirmó el señor Turig.
—¡No desde este momento! ¡No hasta que esto se aclare! —afirmó la señora Zolarix dispuesta a acabar con la amenaza.
—¡Se van a molestar y no sin razón! No se debe olvidar que descienden de una larga saga de fieles recolectores —advirtió la señora Horig, limpiándose la nariz con el delantal.
—Hagan lo que he dicho, ¡cómo lo consigan no es mi problema! La reina aguarda, ¡es todo lo que tengo que decir! ¡O quizás, no! Sería de esperar… —añadió la anciana caminando hacia la salida—, que todo estuviera listo cuando se necesita, señor Turig. Sé que aún es joven. Sin embargo, se me antoja cada día más lento. ¡Menos charlas y más rapidez, eso es lo que falta en esta cocina!
“Pero lo cierto es que su enojo no era más que el desesperado intento de confundir a todo aquel que los hubiera visto entrar a aquella despensa o salir de ella”.
—¡Espabilad!, el libro de las excusas está casi lleno… ¡No más, señor Turig! —aseveró la señora Zolarix ante la sorpresa del matrimonio. Que no entendió su argucia, hasta verla guiñar, consiguiendo la inmediata reacción de la señora Horig “que aprovechó su suerte” para darle un empujón a su marido.
—Sí… ¡Ya voy, mujer! —exclamó, más indignado por el gesto que por el hecho.
Luego, continuó dando los últimos retoques a la bandeja de frutas por la que esperaba la primera doncella, Eleris. Que no quería molestar, aunque el ambiente en la cocina siempre era tenso, por eso al ver pasar a Didig le preguntó:
—Didig, espera… ¿Qué le ocurre al chef? —murmuró intentando que él no la escuchara.
Pero Didig, una chica con poca personalidad, grave falta de empatía y muy atrevida, no estaba dispuesta a meterse en problemas. Tenía cosas más importantes que pensar.
—¡Oh!, ¡cuánto me gustaría poder asistir al festival!, —aseguró, mirando disimuladamente el calendario.
—Deja de soñar, muchacha, y ayuda a la señora Horig, “que para eso te pagan”, —regañó el señor Turig a la joven enana.
Posteriormente, se aproximó a su esposa con el fin de conversar con ella entre murmullos.
—¡Puede que no signifique nada y lo sé! Pero mira… el pobre Laraz, permanece en el limbo. ¿Has reflexionado durante un momento en qué sería de todos nosotros si no me hubiera dado cuenta? —dijo sin ningún tipo de remordimiento, ¡defraudando aún más a su esposa!
La señora Horig lo oía sin levantar la mirada de la carne. Sin embargo, al cambiar el corte fluido, por los golpes secos y certeros, el señor Turig tragó saliva.
—¡Tranquilízate, mujer, te conseguiré otro! ¿Quién podría haber imaginado que esa fruta fuera…? ¡Ejem! —carraspeó sin terminar la frase, apretando los labios al tiempo que afirmaba con la cabeza—. Pero no ha sido en vano, gracias a él, las bandejas nunca salieron de las cocinas. En resumen, se puede considerar una victoria enorme.
—“No puedo creer que seas tan bruto”, —expresó la señora Horig ante la desafortunada confidencia de su esposo, pero decidió hablar de ello más tarde, cuando vio que la señora Zolarix bajaba por las escaleras de servicio.
—No me lo puedo creer. ¿Aún permanece la reina sin desayunar? Temo que esto esté teniendo un impacto en mi carácter. ¡Mal, señor Turig! Le advierto que no estoy segura de cuánto tiempo más podré controlarme —confesó, balanceándose sobre los talones. No obstante, el señor Turig solo podía pensar en cómo distraer la atención de su mujer. Y, en un estado de desesperación, optó por emplear la argumentación de la anciana en su favor.
—“La última luna, ¡cumplí treinta quinquenios!”, —manifestó, evitando las miradas asesinas de su señora—, no tengo la impresión de que sea lento: soy perfeccionista y soy cauteloso, pero, no lento —manifestó, inquieto. Dado que no sabía cómo enfrentarse al problema y ajustando su gorro de cocinero sobre la cabellera rojiza, insistió -: Soy un enano muy trabajador —aseguró, dando más importancia si era posible a las palabras de la anciana. Esta, por su parte, esperaba en lo más profundo de su ser que el señor Turig estuviera equivocado.
—Cien quinquenios cumpliré el quinto día de Aries, si la diosa lo permite —manifestó, alzando su falda lo suficiente como para subir de nuevo, pero sin llegar a hacerlo porque aún tenía algo que recordarle al impertinente cocinero—. A veces parece que olvida que he sido nodriza de dos reinas. Hasta el día de hoy, señor mío, ¡ninguna había pasado hambre! Estamos desperdiciando el tiempo; que la doncella se lleve el ágape a las estancias reales, ordenó.
Luego, el señor Turig esperó que la anciana subiera, antes de hacer un gesto feo con el que mostraba su total y absoluto desacuerdo.
—Yo sé lo que me digo, aunque no tenga pruebas —aseguró finalmente retando a su esposa. Sin embargo, la señora Horig clavó el filo con el que trabajaba sobre la tabla y se acercó al caldero para añadirle la carne, mientras masculló entre dientes removiendo el guiso del personal—.¡Esto no se lo perdono!
«Serían sus gritos los que se escuchasen», pensó el señor Turig mirando a su ayudante, antes de gritar—. ¡Merhug! Termina de cortar esas verduras y despluma esas aves para el almuerzo y… Y después —balbuceó limitado por la presión—. ¡Bu, bueno! Ya te diré lo que debes hacer cuando acabes, ¡y no quiero errores! —le ordenó.
En aquel momento, Merhug agachó la cabeza y aprovechó que el señor Turig salía al patio trasero huyendo de las hirientes miradas de la señora Horig, “para repetir con sarcasmo la conversación que mantuvo con su padre, aquel lejano día”, en el que expresó su deseo de trabajar con el que ahora era su jefe:
—Padre, he decidido trabajar en las cocinas de Palacio.
—¡No sé qué decirte, hijo, se dice que el cocinero enano es muy grosero!
Después, el joven ayudante miró al techo y añadió con un sentido, suspiró.
—¿En qué estaría pensando? ¡Por mil apestosos duendes! Si no fuera un cretino, ahora estaría bebiendo rica aguamiel y comiendo un buen asado, o aún mejor… ¡Con la espectacular, Didig, paseando de mi brazo por el festival!
“Y lo cierto era que el pobre Merhug no se equivocaba”. La llanura de los Ocho desprendía vida mientras sus gentes paseaban entre los puestos, cogiendo y soltando, telas, cazos, collares, arcos y métales de todo tipo, desde lo más rústico, a lo más valorado. O disfrutando de una buena jarra de aguamiel antes de la hora del almuerzo para celebrar que, aquella misma noche, se abriría oficialmente al público el festival de los nombrados. Otros, se reían de la ridícula danza de sus vecinos; esto ocurría a lo largo de la segunda hilera de los bazares que culminaba en las antiguas ruinas. ¡Una enorme estructura curva, de filas de asientos de piedra que degradaban en altura, dándole, una perfecta forma de herradura! Coronada por la seda de los estandartes de los ocho. Desde allí, se podía oler el mar, e incluso ver el puerto del Este y del Norte, ambos, saturados por la afluencia de invitados que venían de otros reinos para tan señalada ocasión.
—¡Merhug!, cambia de ganso. A ese, no le quedan plumas; deja de tirarle del pellejo y concéntrate en lo que haces —dijo el señor Turig, soltando en el interior de una vieja jaula un ganso que traía cogido por las patas—. ¡A este ni tocarlo! —Añadió, cerrando la portezuela.
Luego, azuzó con un gesto a Merhug para que continuara; tenía mucho trabajo por delante antes de que llegara la hora del almuerzo.
Durante el resto del día se preparó todo en las cocinas dentro de un ambiente extraño. El señor Turig y la señora Horig se comportaban de manera inusual. Él metía la nariz en todo lo que preparaba y, por alguna razón que el joven ayudante no comprendía, su jefe retiraba parte de lo que se elaboraba ya fuera frío o caliente, y se lo daba a probar al ganso de aspecto famélico que había colocado en un rincón.
El joven enano no tenía valor para preguntar a qué se debía el interés por aquel animal. Pero debía de ser importante porque lo agasajaba sin parar con todo tipo de viandas, y tras hacerlo el cocinero esperaba preocupado para regresar poco después y observarlo. Luego, volvía a su tarea con el rostro relajado…
Dos horas más tarde, el chef sacaba la última bandeja del horno.
—Vamos, Merhug, ya está todo listo para el almuerzo —le ordenó comenzar el servicio.
Por su parte, la señora Horig parecía triste, sobre todo después de entregar un pequeño hatillo a la señora Zolarix. Esta aceptó con evidentes muestras de preocupación en el rostro y sin intercambiar palabra alguna se marchó, dejando muy afectada a la cocinera…
La tarde pasó arrastrando el mismo silencio incómodo que se trasladó hasta la hora de la cena, manteniendo el mismo patrón, tanto con el ganso como en lo referente al ánimo de su jefe…
Después de que el servicio de cenas terminó, Merhug salió al patio trasero para ir a la fresquera. Cuando salía con una bandeja de tartaletas, notó que un lacayo merodeaba cerca de la puerta trasera de la cocina sin decidirse a entrar.
—¿Merhug?, —preguntó el lacayo al verlo, ¿conoces a un tal Merhug? Traigo un pedido para él.
—“Sí, soy yo”, —dijo mientras intercambiaba una bolsa de monedas por la pequeña caja. Después de despedirse, la dejó escondida entre los sacos de harina de la entrada. Aguardando pacientemente a recogerla cuando el señor Turig terminara de redactar una misiva, que entregó no mucho más tarde junto con una petaca al mismo lacayo con el que Merhug había hablado en el patio trasero. Después, se quitó el delantal y, tras visitar al ganso una vez más, salió quitándose el gorro de cocinero suspirando aliviado.
Merhug se puso a emplatar los postres, sin dejar de observar a todos los lados, buscando el momento de recuperar lo que había dejado entre los sacos.
—¡Ahora!, —dijo, limpiándose las manos, muy dispuesto, pero uno de los lacayos entró justo en ese momento para llevarse las últimas bandejas, seguido de dos mozos cargados de platos. Así que dio un paso atrás y se acercó a la mesa de Turig, recogiendo parte de lo que su jefe había dejado por medio mientras se quejaba de lo desconsiderado que era este—. No tiene remedio, ¡como él no lo tiene que limpiar, usa todos los cacharros que encuentra! “Cuando yo sea el cocinero jefe, haré lo mismo que él”, —dijo sonriendo a los sirvientes que volvían a la cocina.
—Sí, yo pienso hacer lo mismo cuando sea mayordomo —dijo uno de ellos—. Estoy cansado de tanto abuso—aseveró antes de continuar.
—¡Uf! Por poco —exclamó Merhug mientras corrió hacia los sacos.

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