
Recorrían la facultad al completo, planta por planta. Para que la noche fuera más llevadera, el trabajo se hacía en común, en grupos de cuatro o cinco. Aquella semana, Milagros formaría parte del grupo de aulas. En Bellas Artes, como en cualquier otra universidad, el trabajo tenía que salir antes de la llegada de los alumnos. Mientras todos barrían, quitaban manchas y alguna que otra tintasobre las mesas, Milagros se quedaba sola limpiando la pizarra y el podio, trabajo meticuloso que conllevaba por tanto más tiempo.
Conocía alguna que otra leyenda a cerca de peculiares visitas a la calle Laraña, en la afamada facultad encantada, como todos la conocían, de esos misterios en el entorno académico en un inmueble icónico como aquel. Sin embargo, ella hacía caso omiso, escéptica ante tanta tontería.
Como cualquier otro día, llenó sus cubos en los servicios de la última planta, junto al ascensor. El sonido de sus puertas tanto al abrir como al cerrar, era un tanto llamativo y molesto. En nada, el ascensor abandonó la planta en cuestión, acudiría a la llamada de algún compañero. Milagros continuaba con sus tareas y apenas sin esperarlo, las puertas del ascensor se abrieron sin más, consiguiendo asustarla, quedó por momentos inmóvil, a la espera de que alguien bajara, sin embargo, nadie bajó. No quiso darle importancia y se dirigió a la primera aula de la noche.
Nada más acceder quedó embelesada con el dibujo de aquella pizarra. Desprendía algo especial, se le hacía un mundo tener que borrar aquellas obras de arte, siempre tenía ese dilema, verdaderamente le apenaba, así que, contemplaba con admiración aquel retrato, una especie de modelo al natural, sus rasgos eran tan reales, rozaba lo auténtico.
En esos instantes, un ruido muy singular llamó su atención, como si alguien pisara un vaso de plástico, no lo había escuchado caer, ni mucho menos fue arrastrado, era como si lo estuvieran presionando. Milagros nombró a sus compañeros, pero nadie contestó, continuaban el trabajo en aulas colindantes. Entonces, bajó del podio algo atemorizada, ralentizando sus pasos y apoyándose sobre las mesas, pudo ver el vaso estrujado. Contuvo la respiración y cuando se dirigía de nuevo al podio, aqueldibujo que contempló en un primer momento ya no estaba en la pizarra, había desaparecido. Milagros estaba volviéndose loca, juraría que no lo había borrado, esta vez no.
Salió en busca de ayuda y presa del pánico, entre los arcos de aquel patio central pudo ver una especie de espectro blanquecino, algo o alguien que se aventuró entre aquellos pasillos y por momentos perdió de vista. Una imaginación desbordada, una alucinación, una interpretación personal. Sus compañeros no terminaban de creerla, lo tomaron como una anécdota más para comentar en el descanso de la jornada junto a un buen café.
Milagros se montó su propia película, se evadía imaginando en su subconsciente para poder encajar lo vivido. Ese espectro o lo que fuera, quiso modelar para ella, dibujándose a sí mismo ante aquella pizarra. Para finalmente, rectificar y borrar su propio dibujo. Pero ¿por qué? Quizá no tiene pies ni cabeza, pero necesitaba dar una explicación a este sinsentido.
A la noche siguiente, en esa misma aula, tomó la tizay sin saber cómo, comenzó a dibujar. Porque esa imagen se le quedó grabada, detalle a detalle, sus rasgos, esos rasgos. Nunca hubiera imaginado esa rama artística, no supo que se le había infundido. La contempló una vez másy sonrió, porque de nuevo, aquel ser, modeló para ella. Quizá era lo que quería, que volvieran a dibujarlo. Milagros lo pudo entender todo…

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