
En la penumbra de aquel escenario vacío, una niña danza sobre las puntas de sus pequeños e inocentes pies como si su alma se desgarrara en cada movimiento. Esos pequeños pies apenas tocaban el suelo, casi ni lo rozaba, pero en su mirada había un abismo de inseguridades, un temblor incontrolado en cada gesto que decía más cosas que esas palabras que jamás se atreverá a pronunciar. Sus manos, al alzarse al aire, parecían buscar un refugio que nunca encontraban, un consuelo que se desvanecía en el vacío.

Cada giro, cada paso, cada latido, era una ventolera pausada de su tristeza, un secreto confesado al silencio.Ella bailaba no para ser vista, sino para despojarse de sus miedos, para arrancar de su pecho la duda que la atormentaba. Pero en la soledad de su danza, solo hallaba más de sí misma, más de ese eco insondable de pena y fragilidad que nunca cesaba.

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