
Me observaba desde lejos, suspendido en el espacio, flotando en una atmósfera desconocida; con el torso desnudo y una máscara de oxígeno cubriendo parte de mi rostro pálido y desdibujado.
Me acompañaban personas con vestimenta blanca, de las que solo veía sus ojos. Las miradas inquietas se cruzaban por arriba de sus barbijos. Uno de ellos marcaba la piel, por donde un bisturí abría mis tejidos.
Por un instante mis ojos se nublaron y todo se detuvo.
Hoy me encuentro escribiendo estás líneas en la cuarta habitación del tercer piso del hospital estatal.
Siempre hay un mañana.

Deja una respuesta