
Hoy, tras muchos devaneos conmigo mismo, tras muchos días de aprendizaje y muchos quiero y no puedo, me atrevo a coger un lienzo de papel rugoso, mis lápices, esos que siempre me acompañan en el camino de la vida, y me dispongo a trazar líneas a mi manera.
Paralelas que van de la mano hacia el confín de la hoja, perpendiculares que se cruzan de manera elegante y muchas curvas que se superponen mostrándole al mundo aquello que quiero contar sin palabras.
No pretendo pecar de osado, tampoco de precavido, simplemente me atrevo a contaros mil historias a través de mis obras. Obras a lápiz en su mayoría, con sus luces y sus sombras, como los propios días, como la propia vida. Trazos intensos y algunos más suaves, de los que te encantan sin decir palabra, a escondidas, líneas casi susurrantes que le transfieren esa sombra, ese volumen que le da sentido a todo lo demás, sin la cual, el actor principal se quedaría sin escenario y sin teatro, sin regidor, sin guion y sin papel. Papel que en el mío alcanza la excelencia a mi manera.
Aquí mis primeros trazos, aquí mis primeras líneas, aquí inundando de grises tus días negros y de colores tus grises con solo unos lápices, cuatro movimientos y tratar de dibujarte una sonrisa.
