
Nos enseñaron a ser perfectas.
Desde pequeñas. Sin darnos cuenta.
Perfectas en la escuela.
Perfectas en casa.
Perfectas con el cuerpo, con la voz, con la forma de cruzar las piernas y sonreír en el momento exacto.
Nos vendieron una imagen: la mujer que todo lo puede, que todo lo da, que no se despeina, no se queja, no descansa.
La que ama con paciencia infinita, la que no se rompe, la que siempre tiene la palabra justa y el plato caliente.
Y muchas… mordimos ese anzuelo.
Entonces crecemos convertidas en un catálogo de exigencias:
✔️ Ser madre sin descuidar la carrera.
✔️ Ser exitosa sin parecer mandona.
✔️ Ser bella sin mostrar esfuerzo.
✔️ Ser delgada sin dejar de disfrutar.
✔️ Ser libre… pero sin incomodar.
Y en ese intento de perfección nos vamos olvidando.
Nos perdemos.
Nos traicionamos.
Dejamos de reír espontáneo por miedo a parecer “demasiado”.
Dejamos de llorar delante de otros por miedo a parecer “débil”.
Dejamos de decir lo que realmente sentimos por miedo a parecer “locas”.
Y así… nos vamos vaciando de nosotras mismas.
El perfeccionismo no es excelencia.
Es esclavitud con vestido bonito.
Es una jaula dorada que te promete aplausos a cambio de tu autenticidad.
Y, ¿sabes qué es lo más triste?
Que muchas veces, detrás de ese perfeccionismo… hay una niña herida, esperando que alguien la vea y le diga:
🩷 “Eres suficiente, tal como eres. Aunque falles. Aunque te equivoques. Aunque te caigas y no quieras levantarte enseguida.”
Mujer, no estás aquí para ser perfecta.
Estás aquí para ser verdadera.
Y lo verdadero es a veces caótico, intenso, fuera de norma… y está bien.
Deja de exigirte ser impecable.
Empieza a exigirte ser libre.
Libérate del molde.
Del maquillaje emocional.
Del “todo bajo control”.
Llora si lo necesitas.
Descansa sin culpa.
Ama sin estrategia.
Y sobre todo… sé tú.
Porque el mundo no necesita más mujeres perfectas.
Necesita más mujeres despiertas.
Mujeres reales, que se quiebran y aún así siguen amando.
Mujeres que se eligen.
Mujeres que ya no piden permiso para SER

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