
La navidad correteaba de puntillas por Sevilla, la misma que se engalanaba para la ocasión. María la disfrutaba al máximo, todo era un mágico compendio, pues la inminente visita de su primo la tenía enloquecida, su verdadero amor predilecto, al que se moría por ver de nuevo.
La frialdad que se respiraba en aquellas estancias del Palacio de San Telmo se disponía a abrazarla y huyó sin más, cual necesidad. De este modo, pasearía entre callejuelas y se dejaría llevar por su adorada ciudad.
Y paseó a los pies de la Giralda, cautivadora, perdiéndose en su belleza insana. Siempre tuvo presente una infancia que le marcó, respirando a Sevilla en su devenir, un verdadero regalo que siempre agradeció a sus padres, los Duques de Montpensier.
Muchos cuentan que verdaderamente era una metrópolis ficticia, demasiadas carencias quizá, sin embargo, poco a poco, se inmiscuyó en un ambiente de progreso, convirtiéndose finalmente en una verdadera capital imperial.
El ruido de los carromatos sobre las calles adoquinadas hizo reaccionar a María de las Mercedes, perdida en su encantamiento. Tomó asiento sobre las escalinatas de la Catedral y sin esperarlo, una mujer de tez morena le ofreció romero, negándose por momentos a aceptarlo.
Pero, tras su insistencia, lo tomó y aquella gitana, sonriéndole le susurró: pasado, presente o porvenir, niña. Un silencio arrollador la increpó, pues nunca antes sintió tal inquietud, y finalmente, accedió a aquella más que atrayente propuesta.
Dime tu nombre, pues. Y tomando su mano dominante, aquella gitana, supo de su procedencia, cuando la joven, con voz profunda y sin titubeos, dijo: María de las Mercedes.
Muy sutilmente estudió las líneas de su delicada mano. Y en voz alta, relató cuanto sus ojos contemplaban: un real mozo cortesano, de nombre Alfonso, bebe los vientos por ti. Ese gachó te ronea y aunque primos hermanos sois, el amor no entiende de leyes y como él, no te va a camelar naide. Veo aquí como te besó en tu cara bonita. Se te ve preciosa con corona y mantilla, pero…
De repente, la gitana enmudeció. Mientras María se embriagaba de tan lindas y acertadas palabras, describiendo a la perfección su romance, se percató del pálido rostro de aquella gitana, que se levantó inesperadamente, acarició la cara de la joven y se marchó corriendo, despavorida.
Los días se echaron encima y la boda se dio, en contra de todo y todos, el joven soberano Alfonso XII nunca lo dudó, acallando las malas lenguas, incluso la oposición de su propia madre, no le hizo flaquear.
Un idilio que en apenas cinco meses se ensombreció, dejando consternado a todo un país, con la temprana e inesperada muerte de la joven esposa. Formaría parte del imaginario de Sevilla, musa de aquella copla que resuena aún en muchos rincones, ese ¨Romance de la Reina Mercedes¨…
¨Adiós princesita hermosa, que ya besarme no puedes, adiós carita de rosa, adiós mi querida esposa, María de las Mercedes¨

Deja una respuesta