
Había que levantarse. Y el Betis lo hizo donde más duele y donde más cuesta: en el Metropolitano. Después del varapalo copero, el equipo de Manuel Pellegrini dio un paso al frente, ganó 0-1 al Atlético de Madrid y lanzó un mensaje claro en la pelea europea, justo cuando Real Sociedad y Osasuna aprietan por detrás.
El Betis salió con el freno de mano puesto. Era lógico. La goleada del sábado aún pesaba en la cabeza y el equipo arrancó algo dubitativo, replegado, midiendo cada paso. El Atlético mandaba territorialmente, pero sin morder de verdad. Y poco a poco, el Betis empezó a reconocerse en el partido, a sentirse cómodo en el sufrimiento.
Ahí apareció Antony. En una de esas jugadas que parecen repetidas pero nunca lo son. Banda derecha, conducción hacia dentro, espacio mínimo… y un zapatazo seco, violento, imposible para Oblak. Golazo. Y a partir de ahí, otro partido. Uno de resistencia, de oficio y de saber esperar.
En la segunda parte, Pellegrini movió el tablero con inteligencia. Bloque bajo, líneas juntas, acumulando hombres en el centro del campo y cerrando cualquier rendija. No hubo demasiadas opciones para ampliar la ventaja, pero tampoco concesiones. El plan estaba claro y el equipo lo ejecutó con disciplina.
Álvaro Valles, sobrio y seguro. Natán y Llorente, firmes en el eje. Y mención especial para Aitor Ruibal, con un marcaje al hombre sobresaliente, esta vez sí, secando a Lookman, el mismo que había hecho tanto daño en Copa. Trabajo silencioso, pero decisivo.
Hubo un instante de duda. Un gol en propia puerta de Llorente que heló la sangre… pero el fuera de juego previo de Griezmann lo anuló. En partidos así, además de hacerlo casi todo bien, necesitas ese punto de fortuna. Y esta vez cayó del lado verdiblanco.
El Betis resistió hasta el final. Todos sumaron. Todos empujaron. Y el pitido final fue liberador. Porque más allá de los tres puntos, el mensaje fue claro: este Betis sabe competir de más formas.
Y aquí sí, Manuel Pellegrini merece el foco. Esta vez corrigió, leyó el contexto, entendió lo que pedía el partido y llevó al equipo por el camino adecuado. Sin florituras, sin complejos y con personalidad.
Después del golpe en Copa, el Betis se levantó. Y lo hizo en casa de un Atlético de Madrid que es un auténtico equipazo. Victoria de peso. Victoria de entrenador. Victoria de equipo.


