
Otra vez lo mismo. Otra vez esa sensación de que el partido estaba ahí… pero se escapó vivo.
El Real Betis firmó un 0-0 ante el Espanyol, pero esta vez no fue solo un partido plano. Hubo ocasiones. Hubo momentos. Y, sobre todo, hubo la sensación clara de que se podía haber ganado.
La primera parte dejó lo mejor del Betis. Más intención, más presencia en campo rival y, esta vez sí, oportunidades claras. La más evidente la tuvo Aitor Ruibal, que se plantó prácticamente solo y se encontró con un Dimitrovic salvador, sacando una mano a bocajarro que evitó el primero.
No quedó ahí la cosa. También apareció el Cucho Hernández, que rozó el gol con un cabezazo que ya se cantaba… pero que volvió a encontrarse con el portero rival. Dos ocasiones claras, de las que marcan partidos. De las que no se pueden perdonar.
El Espanyol, mientras tanto, a lo suyo. Ordenado, incómodo, esperando cualquier error. Sin hacer demasiado ruido, pero manteniéndose siempre dentro del partido.
Tras el descanso, el ritmo bajó. El Betis siguió teniendo la iniciativa, pero con menos claridad. Más atascado, más espeso. El partido entró en esa fase peligrosa donde todo parece bajo control… hasta que se te escapa.
Y cuando ya parecía que el empate estaba firmado, llegó la última. La que duele.
Pablo García tuvo el gol de la victoria en sus botas… pero su disparo se estrelló en el larguero. La más clara del segundo tiempo. La que pudo cambiarlo todo.
Ahí se fue el partido.
Empate a cero, sí. Pero no todos los empates son iguales. Este deja esa mezcla de frustración y resignación. Porque el Betis hizo lo suficiente para ganar… pero no tuvo lo más importante: acierto.
Y en el fútbol, sin eso, no hay premio.
