Como toda Tribu que se precie, nosotros, los miembros de La Morada también tenemos nuestros propios dioses. Dioses, terrenales todos, más o menos fantásticos, pero que nos aportan unos valores en los que apoyarnos en los malos ratos.
Los Dioses de esta morada no hacen milagros, hacen realidades los sueños de los demás. Primer y Único Mandamiento de esta tribu democrática y muy creyente. Os aseguro que cada cree en una cosa… ¿Será La Morada un manicomio? Se aceptan opiniones.
Sin más, paso a “presentaros” a los primeros señores (dioses para nosotros) que pasarán a ocupar un lugar de superlativa trascendencia en nuestro anillo más empíreo.
Uno, el mayor, procede del antiguo Reino Taifa de Zaragoza, gobernado por A´hmad Al-Mustaín II, compadre por aquel entonces de Muhammed ibn ´Abbad al-Mútamid (¿recordáis la sevillana? …que si quiere mis amores, mis amores me tendrá que camelar….) gobernador de la Taifa de Sevilla. De esta época le viene la conexión…Más concretamente, desciende del Rey Alfonso I, del que heredó el pseudónimo del Batallador.
Allí debutó y lo proclamaron Caballero de Honor, de tal modo que la tribu separatista del Reino catalán lo reclamó para defender el emblema de la cruz roja y las franjas escarlatas y ambarinas.
Causó pavor, miedo incontrolable en sus rivales durante los once años que estuvo batallando por los prados de toda Europa hasta que se arrodilló prestando servicios y jurando por su vida, ante el Rey Santo.
Libró miles de batallas enfundado en la Sagrada Casaca Blanca y de todas salió victorioso. Por eso, por su carácter y por las enseñanzas que inculcó, fue nombrado Capitán del Batallón y Virrey de Sevilla por aclamación popular.
Aquí conoció a un lugarteniente de alto rango, prácticamente retirado de los campos de batalla por la multitud de afrentas y sajaduras que sufrió en una de sus rodillas. Ambos formaron la mejor pareja de valedores que el Orbe balompédico ha conocido.
Uno, el aragonés, ataviado con su lujosa y ancestral armadura nunca tuvo piedad con el rival. Heredó la mayor de las consignas del mejor estratega bonaerense que ha existido y existirá y con el que comparte la profesión de galeno: ¡Al enemigo, ni agua!¡Pisadlo…!
El otro, valenciano, y gran sucesor en la Capitanía, heredó el carácter vanidoso, narcisista y despiadado del mismísimo Dorian Gray. ¿Su don? Ningún rival ha sido capaz de mirarlo a los ojos en algún lance del combate. Cuando se acercaba algún atacante, le echaba la soga y procedía a su ejecución futbolística.
Entre ambos consiguieron construir una muralla infranqueable que nada tenía que envidiar a la que limita la metrópoli. Pablo Alfaro y Javi Navarro. Javi Navarro y Pablo Alfaro, hicieron realidad el sueño de toda una tribu futbolera que jamás había puesto bandera en ninguna cima. El aragonés, nunca tuvo la oportunidad de levantar preciado título alguno ya que su edad le obligó a emigrar a tierras del norte. Mayor es el orgullo que sentimos porque instauró el Orden, con mayúscula, impregnó de carácter y saber hacer al resto de sus compañeros y principalmente a Javi, “Oh, Capitán, mi Capitán” que consiguió izar nuestros corazones a alturas insospechadas por nuestros ancestros.
¡Ay, abuelo, si hubieras conocido a estos dos bichos…!
Lágrimas en los ojos al recordar a uno de los Guardianes de Nervión que se encuentra en el tercer anillo de la Bombonera y que nunca conoció la década dorada de SU Sevilla.
Aquí mi humilde homenaje a todos esos abuelos que conseguían olvidar el hambre cada vez que su Equipo salía victorioso de alguna contienda. Aún recuerdo sus batallitas y sus recuerdos de bancos de cemento viendo correr por las praderas sevillistas, así sea en San Bernardo como en Nervión, a la delantera Stuka, Pedro Berruezo o las paradas del vasco Eizaguirre, el mejor portero que tenido el Sevilla en su historia según él. Amén.
«¡Miembros de la tribu! Abiertas están las Puertas del Paraíso terrenal de La Morada».
«¡Presentad vuestros respetos a D. Pablo Alfaro Armengot y D. Francisco Javier Vicente Navarro!».
