Un día amaneces en tu cama, luce el Sol, la casa huele a tostada calentita y café recién hecho. Al siguiente día, casi a oscuras y con la gelidez de la cocina vacía, despiertas en tu otra cama.
Pena y alegría batallan en mi interior. Golpe a golpe no se atisba derrota ni victoria en este amago de contienda. No hay púgiles reales y la pelea parece estar amañada desde el principio. No se hacen apuestas, está todo vendido.
Caen más golpes de un bando, se recupera el otro. El orgullo del derrotado invierte el sino, cambia de esquina y surge una nueva víctima. Ambos prisioneros, ambos conmigo.
La alegría es sacudida por la pena, el desasosiego hinca las rodillas ante la serenidad del inconsciente. Un eclipse diario, el bien contra el mal, lo de aquí y lo del más allá.
Y surge el tiempo, medicina para la esperanza y espada de Damocles permanente. No hay tiempo, el tiempo es ahora y no puede esperar la respuesta por más tiempo. Busca, afronta, encuentra y absorbe la dureza de un mal gesto, lo bello de una mirada y quédate con eso.
Abrir el alma, partir de cero, sabiendo que siempre una parte de ti estará ocupada. Quizás ahí es dónde esté la verdadera derrota, aunque de esa ya se encarga el tiempo.
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