leyenda

  • En la necrópolis hispalense

    En la necrópolis hispalense

    Tomó su túnica, cubrió su cabeza y caminó entre cedros y cipreses, en su siempre jardín entorno. En tal ambiente de solemnidad el tiempo se detenía, la calma paseaba entre calles e isletas, panteones y columbarios, donde la alta sociedad hispalense se entremezclaba con personas de a pie, acabando en el mismo lugar a la…

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  • Anda, no te tardes…

    Anda, no te tardes…

    En Alfonso XII, un portón permanece cerrado. Un incendio, provocó daños en el coqueto atrio de San Antonio Abad. Quizá fue una de esas causas desesperadas pero no perdidas. Cual abogado de lo imposible, prestó su protectora asistencia entre llamaradas de fuego. El que perteneció al grupo de los doce, calmó la situación abanderando calma…

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  • Cuando pensó en ello, lloró…

    Cuando pensó en ello, lloró…

    El Dios del mar británico puso nombre a la Isla de Man. De entre su accidentada costay castillos medievales, aquel ciudadano de origen iraní, la eligió para endiosar la obra de un pintor sevillano, de nombre Murillo, el mismo que entre óleo, paletas y pinceles, perfilaba la sensibilidad por excelencia. Quiso allí conservar su apreciada…

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  • Y si el Edén…

    Y si el Edén…

    Extendía sus alas ya un tanto debilitadas. Como guardián de las puertas del Edén, no podía permitírselo, pero el cansancio afloraba ante la resistencia y aquél obstinado querubín, no quería mostrar ni una pizca de debilidad, a sabiendas que tocaba ceder su puesto, pues otra misión le aguardaba. Quiso echar la vista atrás y se…

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  • Fundatoris Híspalis

    Fundatoris Híspalis

    Un enorme escudo de bronce hacía las veces de cuna, su balanceo calmaba al pequeño, siempre tan inquieto. De rizos dorados y cara angelical, cautivaba a cualquier ser. Sus destrezas innatas y desorbitadas para su edad, sin percibir el peligro, mostraban sin duda, una personalidad un tanto arrolladora. Semidiós por excelencia, Hércules, hijo de Zeus…

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  • Un Gulliver de otra era

    Un Gulliver de otra era

    Pensó estar de nuevo en Liliput, merced a su gran tamaño, sin embargo, en otra ciudad había naufragado. Esta vez eran los hispalenses que no liliputienses, aquellos hombrecillos de apenas seis pulgadas de alto los que le contemplaban sobrecogidos. La dársena del Guadalquivir fue su refugio por momentos mientras intentaba determinar cómo había llegado hasta…

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