
Mitos, héroes y leyendas cobran vida en este espacio en el bajo Guadalquivir. Tiempos de emperadores, plebeyos y esclavos, envuelven tan magnífico escenario en un Teatro Romano en la Itálica de siempre.
Los emperadores Trajano y Adriano te dan la bienvenida a su Imperio. Te sientes pequeñita, contemplando cada rincón. De repente, ante una gran pantalla, la película da comienzo. Una gran selección en la temática predilecta para la ocasión te envuelve por completo, y ahí, bajo las estrellas, un cine de verano desprende magia en estos días, en el periodo estival.
Un compendio de sensaciones, inevitablemente te lleva de la mano a tu infancia y resurge la nostalgia a pasos agigantados, y por momentos, aun encontrándote en un mítico escenario, sin querer, acabas en el cine de tu barrio, una noche de verano cualquiera…
Una cola interminable podía dar perfectamente la vuelta a la manzana, y allí estaba Fani, aguardando mi turno. La puntualidad y yo no hacíamos buenas migas. El abucheo era inevitable, al igual que mi sonrojo. Pero justo en ese instante, la fila avanzaba, cesando el mal entendido.
Las taquillas abrían sus ventanillas, comenzaba toda una aventura, el cine de verano abría sus puertas.
Aquel día me encargué yo de los bocatas. Un suculento filete de pollo empanado haría las delicias de la noche. Mientras Fani se encargaba de coger un buen sitio yo me perdía en el quiosco, siempre indecisa en hacer la mejor de las elecciones. Un peta zeta era ideal para poner un poco de chispa en ese silencio; los kikos de jamón no podían faltar, fuerte sabor que se impregnaba en el ambiente, unas pipas si o si, y el super chupa chups de goya, donde un rojo vivo dejaba su rastro en tu boca.
Las luces se apagaban por momentos, llegaba al sitio por los pelos, quería estar sentada antes de empezar la peli y por nada del mundo me perdería los anuncios publicitarios, porque eran buenísimos, las risas estaban aseguradas con las chicas.
Los niños se dejaban caer más tarde, en las últimas bancadas, ya harían de las suyas, guardar las formas no estaba hecho para ellos, pero me encantaba, esas miradas y sonrisas cómplices no tenían precio.
La incomodidad de unos asientos de hierro se transformaba en el sillón de casa por momentos, el más confortable, solo había que buscar la postura correcta y ya. Verdaderamente, no encontraba ningún fallo, ninguno.
Tras esa escapada al pasado, rememorando da igual qué película, volví al presente. Veíamos una de romanos, como no podía ser de otra forma. Me sentí emperadora, en el reino de aquella infancia, esa que marca y de qué forma…

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