Me puse a escribir sobre mi paso por el colegio salesiano de Triana, llené folios y más folios, pero comprendí que era demasiado largo y me dispuse, a sacar un extracto de todo lo escrito.
Mi experiencia como alumno salesiano de este hermoso colegio, fue en general buena, porque sobresalen más las cosas positivas, que las negativas que también las tuvo.
El primer día de colegio me llamó la atención su patio, conocido como el de las columnas, donde más tarde viví tantos ratos de juegos en el famoso recreo de las once de la mañana.
De los maravillosos y competidos campeonatos de mini-basket, que organizaba “Coca Cola” y donde participé en sus partidos. De mi presencia y colaboración en el equipo que representaba al colegio trianero y que tanta guerra sostuvimos contra el equipo de los salesianos de la Trinidad ¡a la que más tarde defendí Cosechando bastantes victorias!
Que inmenso orgullo llevar su camiseta blanca con los ribetes de las tirantas en azul, con el escudo “Colspe” en el pecho, su pantalón azul y medias blancas con los ribetes en azul.
De su inmenso campo de futbol, que tenía las medidas reglamentarias y donde cada tarde veía entrenar al Triana, filial del Real Betis Balompié, digamos que era el titular del campo, de sus partidos los domingos por la mañana donde disfrutábamos los chavales echándoles el balón a los jugadores, cada vez que salía del campo.
Cuantos partidos, Betis, Sevilla, entre los compañeros de clase y donde nunca se sabía quién ganaría, dado el énfasis con la que jugábamos.
De sus clases, tanto en la parte de abajo del patio donde estaban los mayores, como en la parte de arriba, donde estaban los más pequeños.
Cuantos “guantazos y palmetazos”, porque en mis tiempos, se llevaba lo de castigar al alumno mirando hacia la pared, pero con los cachetes bien calentitos por los guantazos recibidos. Famoso fue el profesor Espinosa ¡Maldita sea su estampa!
De su maravillosa iglesia, donde se venera a la sin igual, “Sentaíta”, para mí la virgen más bonita de Sevilla. Del altar de Don Bosco, presidiendo la segunda nave de la iglesia. ¡Cuántas mañanas me acerqué a su altar, para rogarle suerte en mis exámenes!
De la lucha por sobresalir entre un puñado de chavales, para que nos viera el que luego sería mi amigo Fuentes, y que era el encargado de escoger el clero, (monaguillos).
Recuerdo que fueron muchas las veces que salí de centro,(el que da las órdenes al resto del clero, para arrodillarse, sentarse o ponerse de pie), en las misas. Cuantas veces ayudé a bajar a la “Sentaíta” desde su camerino que estaba en la parte alta del patio, pegado a las clases, con la ayuda de algunos profesores y alumnos, hasta depositarla en la iglesia, justo en el centro del prebistério, para luego más tarde subirla al paso.
Cuantos chillidos de Don José Corredera para evitar cualquier roce a la imagen. Como me acuerdo de él, salesiano que nunca llegó a cura, pero que vivía los 365 días del año, para su colegio salesiano de Triana. De sus maravillosas portadas que adornaban el patio del colegio, para que estuviera exquisito para la novena a la “Sentaíta”.
Del montaje del paso, decorándolo de flores, hasta bien entrada la madrugada. De su bello recorrido por las calles colindantes al colegio y donde había una parada especial en las puertas del hospital De la Cruz Roja, donde los enfermos se asomaban a las ventanas y que de seguro les pedirían, mucha salud.
Del día de mi comunión, un 24 de mayo de ya no me acuerdo el año, donde toda la iglesia estaba adornada con muchísimas flores y nuestra “Sentaíta”, presidiendo la función. Del desayuno que más tarde recibimos en el comedor del colegio y donde el director del mismo, nos hizo entrega de un diploma acreditativo de nuestra primera comunión. De ese cura, bajito y maravilloso llamado Don Tomás y que todos los alumnos nos acercábamos a besar su mano y que él torpemente por culpa de sus muchos años, extendía como mejor podía.
Del patio de bachiller, donde estaba la cancha de baloncesto, y donde tantos partidos jugé.
De los castigos que recibimos mi amigo Palanco y yo, cuántas tardes nos pasamos mirando a la pared del despacho de ese cura gordiflón , que se llamaba Don Rogelio y que nos quería…
Pero en definitiva, una experiencia que viví de niño y que nunca podré olvidar.
Que si entré el primer día
Con el miedo metido en mi cuerpo,
En mi despedida,
Salí con los ojos, llenos de lágrimas.
el guerrero says
27 septiembre, 2011 at 13:44Del Sr. Espinosa no quiero oir hablar ni yo, y eso que lo cogí mayorcito…
Jose González de los Ríos José says
27 septiembre, 2011 at 17:59Grandes recuerdos me has provocado.
Como nos quería D. Rogelio… la de veces que nos levantaba del suelo tirándonos de las patillas… ¿y los campanillazos en la cabeza?
Emocionantes recuerdos.