La felicidad de las pequeñas cosas, esa sensación de aferrarte a lo que tienes o compartes y no necesitar nada más se demuestra en esos casos imposibles en los que luchas y luchas y sigues luchando y aunque la derrota es evidente, das hasta la penúltima gota de tu vida para seguir, avanzar y tratar de sentir y disfrutar de esos alientos que bien podrían ser los últimos justo cuando el cañón apunta de manera definitiva a tu barco y el final parece cercano.
¡Agárrate!
Saltar en la última décima de segundo sabiendo que se ha acabado. Atrás quedó tu bodega llena de los mejores vinos, barriles de ron diluidos en lo salino del oleaje de altamar, tus mejores galas, tus riquezas ganadas -y otras sisadas- y solo te queda ese penúltimo aliento que tomaste y la necesidad de mirar al frente y bucear todo lo que puedas. Bucear y alcanzar esas rocosas maravillas, atravesar bancos de peces indescriptibles para la imaginación humana y por qué no ser capaz de admirar tanta belleza mientras la otra mano se apodera de la perla que más brilla en una de sus conchas calcáreas… cuando un tiburón destila maldad a través de sus dos infinitas capas de afiladísimos dientes ¡dos!

¡Agárrate!
Cómo pudimos, con algo de destreza y toda la suerte del mundo, pudimos esquivar el ataque medio feroz del hambriento escualo aun con unos cuantos comimos clavados y algo de piel desgarrada, adentrándonos en una especie de cueva submarina donde tras golpearse varias veces, desistió de nosotros y se marchó.
El aire empezaba a faltar, decenas, cientos de burbujas delante de nuestras caras, salientes del esfuerzo y de la necesidad nos decían que todo se podía acabar…
¡Agárrate!
Con todas las escasas fuerzas que nos quedaban, mínimas, con la luz de reserva apagándose, dimos un último impulso y tras tragar escasamente unos cuantos litros de agua alcanzamos la superficie a punto de caer derrotados y arrastrados por toda una eternidad siendo presas de la naturaleza.
¡Agárrate!
A lo lejos, un claro y evidente oasis que casi no alcanzábamos a distinguir por la fatiga acumulada en tan bella y atrevida travesía de supervivencia cuando todo se hizo realidad. Unos escasos metros cuadrados de playa, dos palmeras con algún que otro coco y aire puro nos bastaron para ser felices.
Qué bonita es la vida, por dura que sea, cuando te agarras de la mano adecuada.
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