Siempre le dijeron que los ángeles no existían, y sin embargo siempre creyó en ellos, aunque no los viera, aunque no los escuchara, aunque nunca le hicieran una señal divina para hacerse presentes de una forma material y tangible. Los ángeles no eran para ella seres etéreos que vagaban a su alrededor con una almohada siempre a cuestas para que si caía, lo hiciera sin hacerse daño, ni los veía con espadas decapitando a todo aquel que osara a ponerle la zancadilla en la vida. Para ella, los ángeles eran seres de luz, de una luz blanca que no cegaba sino que le mostraba mejor el camino, eran aquellos que cuando las cosas iban mal no dejaban que se derrumbara del todo y siempre viera un resquicio de esperanza en medio del caos absoluto.

Esos ángeles que ella veía cada día, en cada esquina, en cada rincón, no tenían alas de plumas, ni coronas doradas sobre sus cabezas, no vestían una túnica blanca ni celeste, ni revoloteaban a su alrededor. Sus ángeles, esos a los que ella tenía tanta fe, vestían con pantalones vaqueros y zapatillas, con vestidos o faldas, con botas, bailarinas, sudaderas o camisas, y le tendían una mano para volver a caminar cuando tropezaba, aquellos que escuchaban sus preocupaciones y sus lamentos con una sonrisa y siempre tenían una palabra de aliento para ayudarla a seguir. Sus ángeles, con los que hablaba a diario por teléfono o tomando un café, eran los que le decían verdades absolutas aunque dolieran, los que la hacían hacer frente a la realidad, su realidad, aquella que unas veces mejor y otras peor, gestionaba sin descanso.
Eran aquellos que le otorgaban la posibilidad de cansarse, de llorar y serenarse, los que la abrazaban aunque no estuvieran presentes, los que le decían te quiero aún estando lejos y ella se sentía amada.
A veces dudaba de su existencia, de la veracidad de que estuvieran allí tan cerca de ella. Había dudado tantas veces del ser humano, que no sabía si era una ficción que le ayudaba a creer un poco más en las personas. Luego, respiraba, y los veía, estaban allí con ella, al otro lado de la calle, en la cafetería de la esquina para desayunar juntas, al otro lado del teléfono con una voz tan real como la suya, a kilómetros pero tan cerca…
Sí, los ángeles existían y ella se sentía rodeada de ellos y por eso se sentía en paz y segura, por este motivo se alentaba a levantarse sin ganas, a caminar con dolor, a seguir cansada, a sonreir llorando y a dormir mientras la vida seguía pasando.
Deja una respuesta