
La sonoridad del piano, armoniza el clima entre las infinitas paredes blancas.
Un sonido continuo se expande más allá de los viejos muros de la casona. Hay varias personas, algunas de ellas no videntes, que aseguran escuchar la melodía, mientras remojan sus pies en las aguas del océano Atlántico.
Uno de ellos, el señor Stephenson, recordó y relató una fiesta llevada a cabo en la casona una noche de Marzo, más precisamente, el tres del año mil trescientos sesenta y nueve.
Stephenson recuerda que era una noche de gala. Los invitados más sobresalientes eran el señor gobernador, con su fina estampa, Hermes Tris, acompañado por su sensual esposa Rebeca Cous y el diputado del mismo signo político que el gobernador, el señor Din Megisto; quien siempre alineado se presentaba muy amablemente con un apretón de mano o un beso en la mejilla, con el resto de los comensales.
Sirvieron una cena para un grupo reducido de invitados, entre los cuales me encontraba. Evoco el sabor que aún permanece en mí boca de una salsa de hongos secos que bañaba una pulpa de pato criollo. Viene a mí memoria también que, mientras desgustábamos los manjares e intercambiábamos opiniones con las personas del lado derecho de la mesa, el piano no se escuchaba.
El murmullo de las variadas conversaciones que sobrevolaban el ambiente y los pasos cansados de la servidumbre, mientras saboreábamos unos panqueques calientes con dulce de leche y unas peras al Borgoña.
La brisa del mar se desdibujaba en nuestro rostro; los ojos de Rebeca Cous, penetraban el cuerpo del diputado, impiendole lucir su elegancia bajo un vestido Marilyn blanco. En tanto el gobernador de explayaba entre unos pocos comensales que demostraban una especie de devoción sobre actuada hacia su persona. El resto de los invitados estábamos extraídos de su verborragica actuación.
En momento en que escuchamos el sonar de las teclas del piano, vislumbramos la llegada lenta de tres automóviles negros , uno de ellos, parecía ser un coche fúnebre.
Los acordes del piano opacaban la llegada del sonido del mar.
Los vehículos se detuvieron frente al ingreso de una galería que se encontraba sobre el ala izquierda de la puerta de entrada de la casona, en ese momento pude confirmar que uno de ellos era un coche fúnebre con un ataúd cerrado.
Me sorprendía que aquello que estaba ocurriendo. El resto de los comensales y los mozos continuaban como si nada de lo que mis ojos observaban estuviera ocurriendo.
El piano ya se había impuesto por completo al sonido del mar.
Cuatro señores , con vestimenta negra descendieron de los coches , excepto del fúnebre, del que solo bajaron dos personas también con traje negro, quienes cargaban entre sus manos un trípode cada uno, a los cuales abrieron en el centro del jardín delantero.
Dejé de escuchar la voz ronca y resonante del gobernador, a quien vi alejarse por unos de los laterales de la casona junto al diputado, miré hacia la mesa y aprecié cómo la señora Rebeca Cous, llenaba con vino tinto una de las copas, mientras intercambiaba unas palabras con Claude Debussy, quién sostenía que la música que salía del altar de la casona, existía gracias a la imaginación de las personas que rondaban el lugar.
Su teoría era sostenida sobre la imposibilidad de que llegara a escucharse a orillas del Atlántico. El doctor Tin, refutó esa teoría, basándose en aquello que él observó una tarde del seis de Marzo, en momentos en que visitara al heredero de la casona, que sufría jaquecas continuas, las cuales derivaban en laberinto, lo que lo imposibilitaba ponerse de pie.
Recordó que aquel día lluvioso, luego de suministrarle un calmante, se aproximó al altar , abrió la puerta de madera maciza y escuchó sonar un piano ejecutado por nadie , absolutamente nadie se encontraba en el altar. Las teclas se pulsaban solas.
Hay quienes manifestaban, que era el hijo del heredero de la casa, cuya madre era una de las mujeres de la servidumbre, y a quien tenían oculto en una habitación lujosa anexa al altar para evitar que se lo conociera. Se sospechaba que por las noches, cuando ya todos descansaban, tomaba uno de sus coches, se dirigía a la mansión de Julia Evans , con quién compartía su secreto entre momentos plenos de erotismo y amor.
El exceso de vino provocaba los argumentos más desopilantes con tal de quedarse con la última palabra. Esto se sumaba al resto de los debates, que se presentaron con el transcurrir de la noche.
Mientras eso ocurría, los diez hombres de negro caminaban en círculo alrededor del ataúd, lanzando pétalos de Yerbera al aire. Uno de ellos se aproximó a la mesa, llamó a silencio y respeto. Se despidió muy caballerosamente, regresó, se sumó a la marcha en círculo al ataúd, retiro la tapa del féretro y se introdujo en él. Los restantes nueve se detuvieron a los lados y a los extremos opuestos, quedando inmóviles, cómo estatuas de sal.
El intercambio de opiniones que continuaba en la mesa, me animo a dilucidar la teoría de Debussy.
Ignoraba, si tanto los graves como los agudos del teclado, llegaban a escucharse en la playa . Esa insignificante, significancia, podía anular la teoría de Claude. Debía analizarla desde dos ópticas posibles, mientras tome uno de los laterales de la casona , más preciso el izquierdo, mí mente elaboraba y desplomaba conclusiones, en tanto pretendía llegar al altar. Ascendi por una escalera diminuta, oscura y húmeda, cuyas paredes sudaban agua.
En cuanto ascendía, las paredes se tornaban cascadas, el olor era nauseabundo, respirar se complicaba a cada paso. Me detuve, elevé mi cabeza y mis ojos se sorprendieron ante la figura de un cuerpo humano colgado de una soga.
Me paralice, mí corazón solo mantenía su movimiento, las palmas de mis manos sudaban , incliné mí mirada hacia abajo con mí mente vacía lo que indicaba que debía regresar. Mis piernas se trababan una con la otra, apresurarme no me brindaba el resultado deseado. Próximo a la salida, observó al gobernador y el diputado, saliendo de una sala junto a un descanso de la escalera. Me detengo, ellos luego de un beso apasionado toman camino hacia el exterior con una prolongada distancia entre ambos.
Una vez fuera, mí respiración se hizo profunda y las palmas de mis manos se frotaban contra el pantalón.
El piano que continuaba en plenitud sonora, estremecía mí alma.
El resto de los invitados hablaban de epopeyas, de la existencia de una quinta dimensión, en tanto, otros desconocidos por mí, mantenían sexo oral detrás de los árboles, como si el vegetal pudiera ocultar dicha acción.
Rebeca Cous , le obsequió unas copas de vino a su esposo y al diputado, proponiendo un brindis entre los tres.
Al hombre del ataúd le quitaron el telar que lo ocultaba , enderezó su torso y se puso de pie. Afirmado en la cabecera, tomó una copa de vino, la elevó al cielo entre sus manos y en absoluto silencio, brindó con los restantes miembros de la ceremonia, finalizando su ritual.
Y los hombres que habían construido el altar, lo cargaron en el coche fúnebre.
Vi al diputado desplomarse contra el césped, mientras se dirigía a ver la retirada de los hombres de negro, también, pude notar una desdibujaba sonrisa en el rostro de la señora Cous, en el instante en que su marido se inclino sobre el cuerpo del diputado pretendiendo revivificarlo.
Me aproximé a la señora Fergab ya que compartíamos el mismo camino de regreso y su esposo se encontraba durmiendo orinado en el habitáculo trasero del coche. Le propuse ser su chófer y aceptó muy cortés.
A mitad de camino entre charlas variadas y penetrantes miradas, la señora comenzaba unas lentas caricias sobre sus muslos, me lo hacía notar cada vez más, tomó mí mano derecha, la llevó entre sus piernas y comenzaron los roces.
Detuve el coche en el instante en que escuché los ronquidos de su esposo.
Y en el momento en que la señora se afirmaba con las palmas de sus manos en el calor del auto, yo continuaba escuchando la sonoridad del piano.

Miren says
29 octubre, 2025 at 13:48Un relato intrigante…con ganas de más
Ana says
30 octubre, 2025 at 12:04Muy buen cuento Gustavo Bianchi!!!
Shaarah Gallegos says
30 octubre, 2025 at 23:01Cada relato de Gustavo Bianchi me deja con ganas de leer más. Excelente escritor, su narrativa es fascinante!