Caminaba lentamente en mi día a día cuando me vi inmerso en un campo de batallas improvisado.
Sin quererlo dos colores aparecían; los amantes coinciden y todo se convierte en una lucha que dura toda la eternidad.
Por delante mía, la luz se tornaba oscuridad; detrás todo viraba a un anaranjado fuego amenazante. Allá en lo alto de la colina, Ella aparecía disimuladamente pero con constancia, sin tener en cuenta las condiciones; como si de ese impulso de enamorada se tratara y la
llevara a observarlo en la lejanía…En el más allá, El, orgulloso caballero errante que se abandona a la suerte de la noche la mira, la observa con ese gesto que solo nosotros sabemos, y aunque se resiste, se deja perder…
Gestos hermosos de dos enamorados que, condenados a entenderse, jamás podrán compartir un cielo despejado ni un paseo a la luz de las estrellas.
Amor, el que se demuestran desde los tiempos más pretéritos; odio, por reinar en el espacio temporal del otro; yo, un simple observador que lamenta ambas caras de pena por no poder presenciar ese beso de buenas noches.
Ella, la Luna poderosa que reina en la noche; El, ese Sol enamorado que se marchita en cada atardecer para que la noche goce de la blanca presencia de su amada…


Así reza el himno que con tanto orgullo cantamos cada semana…
Entre giros y más giros, el Filósofo deja brillante su ropa, y se le va la olla un rato divagando mientras observa como el tambor de la lavadora no para de generar aceleraciones tangenciales y normales al eje que lo hace girar.