
Hay derrotas que duelen… y luego está esta.
El Real Betis cayó 2-1 en San Mamés ante el Athletic Club en un partido que volvió a dejar esa sensación tan conocida últimamente: llegar tarde, reaccionar cuando ya vas por detrás… y quedarte a medias.
El arranque fue un quiero y no puedo. El equipo de Manuel Pellegrini salió con esa calma que a veces parece control… pero que muchas otras es simplemente falta de chispa. El Athletic, en cambio, tenía claro el plan: intensidad, presión alta y colmillo. Y así llegaron los golpes.
Primero Dani Vivian, aprovechando una acción donde el Betis volvió a mostrarse blando atrás. Y poco después, Oihan Sancet, castigando otra vez a un equipo que hacía aguas sin balón. Dos zarpazos, dos errores, y el partido cuesta arriba antes de poder entenderlo.
Pero tras el descanso, algo cambió.
El Betis dio un paso adelante. Más ritmo, más intención, más orgullo. Aparecieron tramos donde el equipo sí parecía reconocible, donde el balón circulaba con sentido y el rival empezaba a mirar el reloj. Y ahí llegó el gol de Pablo Fornals, que encendía la esperanza.
Y es que el empate estuvo ahí. Muy cerca. Demasiado cerca como para no doler.
Cédric Bakambu llegó a marcar el 2-2 en una jugada que desató la locura… pero el fuera de juego lo apagó todo de golpe. De esos momentos que cambian un partido… y que esta vez cayeron cruz.
El tramo final fue un quiero sin poder. Más corazón que cabeza. Más fe que fútbol. El Betis empujó, sí, pero ya sin la claridad suficiente para tumbar a un Athletic que supo resistir.
Y al final, otra vez esa sensación amarga.
Porque no es solo perder. Es cómo se pierde. Es volver a regalar la primera parte, es tener que remar siempre desde atrás, es depender de una reacción que muchas veces llega demasiado tarde.
Este Betis tiene momentos… pero le está faltando continuidad, contundencia y, sobre todo, fiabilidad.
Y así, en una Liga donde cada punto pesa, se te van escapando demasiadas oportunidades.





