Una mañana fría de invierno. Mis ojos, entreabiertos, esperando que suene ese odiado sonido que me despierta cada día; mis manos, con los dedos entrelazados intentando encontrar un poco de calor entre ellos; mis piernas, juntas, encogidas; mis pies, moviéndose rápidamente debajo de ese edredón tan gordo que intenta protegerme del frío, tapados con unos calcetines a los cuales se les nota que son viejos ya que el dedo gordo del pie derecho sale por un pequeño agujero; y, por último, mi corazón, que, como cada mañana, sigue un ritmo muy peculiar; deprisa, muy deprisa.