
Me colé entre tus cubiertas. Sabía que no era el lugar apropiado para ver aquel espectáculo celestial. Demasiada contaminación lumínica en el centro de una ciudad. Pero ¿y si cabía la más remota posibilidad de presenciarlas?
Tengo que reconocer que todo estaba en mi contra, excepto mi obstinación. Atendiendo a las recomendaciones, mi plan se desvanecía por momentos. Quizá hasta yo misma podría espantar aquel fenómeno astronómico en la intemperie. Partículas diminutas de polvo de efecto luminoso que llegan a volatizarse al contactar con nuestro planeta, estelas brillantes, la misma que puede asomarse en un pedacito de mi cielo hispalense.
En este verano boreal, la luna también podría ser un obstáculo. Su cuarto creciente podría palidecer su visibilidad, a pesar de todo, un cielo despejado y unas temperaturas nocturnas un tanto agradables, podrían salvar la situación.
Mi terquedad y yo seguiríamos adelante, si. A eso del atardecer, en un prodigioso paseo, me perdía entre los tímpanos de tus puertas, hasta finalmente acceder por algunas de ellas y sentir mi mezquindad ante tanta grandeza. A continuación, subiría por esa recóndita escalinata, la misma que protegió por siempre a la fortaleza, de caracol enrollada, con alma, pues así se denomina su eje vertical. Todo cobra sentido, una remota casualidad, una escalera con alma, esencia inmaterial que nos define, esa que al subir los peldaños, hace que te adentres en otro mundo, con infinitas perspectivas.
Una vez ahí arriba, con esmerada cautela, un tejado se dispone a recibirme. El tiempo se detiene. Observas en silencio, divisando una panorámica que embelesa. La mirada se pierde entre tanta estampa, diferentes ángulos y enfoques, no quieres en ningún momento dejar nada atrás, absolutamente nada, porque todo es admirable desde ahí arriba.
Y la noche llega, la luna con templanza, cede su luz majestuosa, no le importa, es generosa, porque el fulgor de las lágrimas de San Lorenzo tienen ese día su protagonismo, el mártir las ofrece en forma de estrellas fugaces. La admirable edificación mitiga su luminaria, uniéndose a una noche mágica. Me acomodo dando paso a la incertidumbre. Si vendrán a visitarnos, pueden tardar en aparecer. Mis ojos se acostumbran a la oscuridad. La constelación de Casiopea da paso a la de Perseo, creo que se acercan de puntillas, silenciosamente.
De repente, la larga espera me recompensa, brillantes estelas me salpican. Algunas desaparecían al instante otras permanecían envidiables segundos. Sin querer, mis lágrimas también se unieron al espectáculo. Las pulsaciones se aceleraban. Un gozo infinito me hacía respirar profundo para acabar extasiada ante aquel regalo. No tenía palabras…
Las Perseidas quisieron contemplar a una Catedral sublime, esta vez las tornas cambiaron. Me llegué a preguntar ¿quién admiraba a quién? ¿quién contemplaba a quién?
“…y desperté, qué pena que desperté, cuando más falta me hacía, olvidarme de la vía, seguir soñando y amén”
