
Te veo pero no te siento. Tu letargo, tu tristeza, tu falta de convicción pasa totalmente desapercibido. Lo siento, no me gustas.
Y lo digo y lo escribo así de claro: no me gustas, no me fío de ti y de los que son como tú.
Alguna vez he escrito de algún amigo tuyo, compañero de pupitre en el colegio y habéis crecido juntos, de la mano y seguís siendo igual y ya peinas canas.
Te veo y sigo sin sentirte, sin gustarme ese juego que te traes, ese devaneo entre los extremos.
Cuando era joven me decías que era la juventud la que me hacía posicionarme siempre en un extremo; hoy, con casi esperemos que la mitad del camino recorrido, te digo lo mismo y me sigo colocando en los mismos lugares, con más vehemencia e incluso con algo de más sapiencia por aquello de los años.
Pero no he venido a hablar de mí, ni de mi libro… he venido a decirte que cambies, que ese equilibrio del que presumes y ese rictus ya no engaña a nadie y lo peor: no dice nada.
Hoy te escribo porque te he visto reflejado en un vidrio y me he tenido que volver a mirar para verificar que sigues igual, sin mojarte, sin ser claro, sin ser oscuro. Sin ser…
Hoy te escribo para decirte a la cara, esa que tú escondes que no me gustas. No me gustas nada, señor gris.

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