
Pese a que fue apartado de sus seres queridos a temprana edad por un tratante de personas, Kizoryilvanvvil Yíarinisfue un privilegiado consentido por la familia que tenía, hasta que, privado de libertad para servir a la iglesia por su belleza de crisálidas y habilidades para con el habla; dejó al amparo en él a un león de añil cuna, amaestrado por cadenas.
Si bien el cardenal que lo pidió como capricho, fue muerto y desligado del sumo pontífice en presunción de objetada comunión, Kizoryilvanvvil Yíarinis encontró pocas veces entre las imágenes de ángeles y santos la virtud del servir.Amaestrado y cuasi copero se rindió a los atributos de otro jovencito, que fue su aniñada luz y sombra, y en su afán de este por hacerle caer a un pozo que sería su perdición, lo engatusó con cantos de trinar de aves, similares a los de un ruiseñor entregado a la manera de los castrati.
Que gobernaban entre las paredes de la iglesia inmaculada y veneraban el todo y la nada con sus tonadas.
Mucho antes de ser despojado de su gracia, por el estado de su humanidad, dolorosa tras su caída a lo que perdura entre indoloras carnes putrefactas que fueron destinadas a ser un arma de revolución y desdicha, se conoce por los escribanos más ingratos, que él era el más apto para los oficios de las certezas y avenencias que arrojaban los receptáculos para con el dominio del catolicismo.
Porque ante su forma tan parca de ser, a veces y otras tantas veces, rodó entre millares de bocas que vanagloriaron su existir decoroso, que con amalgamas tributarias, sangraba con los estigmas de los santos como que residieron en el mártir San Pelayo. De entre todos sus asiduos congéneres, que acompañaban a los más arduos de la corte del cielo, revelaba la inocencia de un dios encarnado al que le fueron despojadas las alas, sin recato, a temprano oficio por nombrarlo con una cruz de sueños contra su pecho.
Ese tan apto para un corazón espiritual.
Porque se sabe; sostenía muchos secretos pecadores y, otras cosas innombrables que le atribuyeron al despojo de su manto, que fue de un apto monaguillo, a la espera de ejercercomo el arma definitiva; esa que se alzó en forma de palabras heridas de grandeza, entre reliquias e insanas risas de todas las manos que le dieron de comer.
Así se conoce la historia, de quién se alza entre nosotros, como el Paraíso de las Discordancias.
De los Archivos Arquidiocesanos de la Santa Sede. Vaticano. Mayo; 10/05/2025.

