
La experiencia acallaba los tiempos en el obrador, no había minutos exactos, bastaba con observar la masa y asentir con firmeza, y escuchar un leve susurro que dijera: esto está en su punto. Los dos centímetros de grosor de aquel pan abizcochado delataban el momento de cortarlo, una vez cocido y frío, siempre con riguroso temple, misma forma, mismo tamaño.
Mientras el establecimiento tomaba otro rumbo en su devenir, donde los equipamientos y materiales de bomberos eran trasladados a otro enclave de la ciudad. El sonido de aquella campana, cual banda sonora, dejó huella en la esquina con Sierpes, por y para siempre.
La salmuera de sal, vino blanco y agua ya estaba preparada para bañar cada rebanada, dejándolas en reposo durante un día completo para que tomaran la perfecta textura, la misma que las hacía únicas.
Poco a poco, La Campana se adentró de lleno para quedarse y endulzar a la Sevillanía. En pleno rendimiento, podía codearse entre lenguas de almendras, tocinos de cielo, finas pastas, yemas sevillanas y otras tantas delicias.
Sin embargo, cuando llegaba la semana grande, una protagonista por excelencia, de nombre torrija, entre bandejas de plata, engalanaba el más dulce de los escaparates, a los pies de una Giralda azucarada, misterios y palios, junto a sus nazarenos chocolateados, los que hacían su particular penitencia, entre rica miel y cabello de ángel.
De puertas para adentro, en el obrador, tocaba freír las exclusivas rebanadas, cómo no, en aceite de oliva, a la perfecta temperatura, evitando ser tostadas, simplemente debían tomar un color dorado, rubitas sin más.
Y para culminar, un último baño celestial, enmelarlas. Sin duda, momento sublime donde un rico almíbar compuesto de agua, azúcar y miel, en sus correctas medidas hacían de la exquisitez, un deleite para el paladar. Una a una, con una peculiar brocha, cual pintura al óleo, se maquillaban para salir a escena, donde un toque de luz, brillo y colorido, embellecían al auténtico dulce de la Semana Santa hispalense.
Por favor, hagan los honores, todo aquél que se atreva a pecar en tiempos de gloria, toda una osadía. En ningún momento lo duden, háganlo. El que goza de una torrija de La Campana, será pues, bienaventurado…

Tala López Soriano says
2 octubre, 2025 at 17:00Totalmente! Grande Patri!