
Retomó una idea el poeta, una de esas genialidades incomprendidas, una más de las de él.
No puede poner en pie como fue tal cual, solo recuerda algo donde un punto final se convertía no sabe muy bien si en punto seguido o en punto y aparte. Y es que le da tantas vueltas al párrafo que ya no sabe si escribe al derecho o al revés ni si lo torcido de sus líneas se debe a ello o a su estado de embriaguez.
Lo cierto es que el dolor es el motor; dolor incomprendido e inexplicable, aceptado pero no solucionado pero eso no le lleva a volver marchándose porque ya se fue. Se fue para no volver, volviendo, regresando y distanciando, iniciando lo finalizado, finalizando lo marginado, marginando lo establecido, estableciendo una distancia. Distancia que tomó por decisión propia. Distancia que sostiene pero no mantiene porque se va sin irse porque ni sabe marcharse ni sabe volver.
Caen los últimos granos de arena a la par que sus lágrimas; nos hemos trasladado al más allá que está más acá de lo que parece y nada está resuelto porque según parece, va diciendo que su dolor es motor pero el engranaje se rompió y se gripó y aunque se mantiene en su dolor, no sabe caminar desandando el camino. Cosas de peregrinos, supongo.

