
¡Oh, Sevilla!, joya luminosa de la corona de Castilla, permite a este Rey Santo que, desde mi trono en el paraíso terrenal, otee y verse con la reverencia que mereces, el homenaje que los hombres y mujeres del presente tributan a nuestra gran Hispanidad en esta calenda tan señalada. Como antaño, allá en aquel pretérito pluscuamperfecto, cuando mis tropas y este que manuscribe os arrebatamos del yugo moro y te devolvimos a la Cristiandad, hoy vuelva mis ojos hacia ti con admiración y orgullo, pues sigues siendo faro y guía de la grandeza hispana.
Se alza la aurora en el cielo de Andalucía, teñida de tonos dorados que abrazan las torres de la Giralda y el magnífico Alcázar. Los estandartes, ondeando en la brisa suave que acaricia las calles, en un día tan lluvioso y gris como el que acontece, son como los pendones que mis caballeros portaban con fervor en nuestra reconquista. Todo el pueblo, de los más humildes a los nobles, se congrega en las plazas, enfundados en sus mejores galas, con el corazón henchido de fervor patrio.
Por doquier, resuena la música, las trompetas y tambores como los clarines de guerra que anunciaban la victoria. Son vítores de celebración; no es de batalla, sino de unidad. Los sevillanos y sevillanas, súbditos de este arte Santo en su totalidad, hoy debería deambular gozosos en torno a los monumentos, enlazando sus manos en la más noble de las cadenas: la del amor a una patria común y celebrando su festividad.
Cada rostro en esta festividad es un reflejo de felicidad, cuando bajo el mando de Reyes Católicos y venideros a posteriori, el mundo se al reino de España. No hay rincón en el orbe que no resuene con las palabras de Cervantes ni con los acordes de nuestras guitarras, y este día, Sevilla se viste de gala para recordarlo con pasión desbordante.
Y allí, en el corazón del reino que una vez fue mi preciada reconquista, en cada rincón de Sevilla, desde el bullicio del Guadalquivir hasta los extrarradios, se siente el latir de un corazón que no se apaga, el latir del alma hispana.
Hoy, yo, Fernando III, os bendigo desde mi acristalado aposento.
En este día de la Hispanidad, ¡gloria a Sevilla!


