Noche cerrada sin más luciérnagas encendidas que Selene.
A lo lejos, el casi agotado resplandor del viejo faro adormece mis sentidos al contemplarte.

Querer es querer en ti; nada de no poder. Tu lento y suave contonear de caderas al moverte es el péndulo del ilusionista perfecto que nada hace y te atrapa apoderándose de tus movimientos y actos.
Ahí estás tú, con la dulzura de las niñas isleñas, con la templanza de la que se sabe observada y deseada, sin estridencias ni aspavientos sabedora que si te roza la brisa con más ímpetu del que tú admites, montarás en cólera y serás la más temida. Menudo carácter te gastas…
En la lejanía de mi barco, con los susurros luminosos del farero vislumbro tu silueta; artesanía salina con tu melena encrespada, arrastrando en tu devenir a todo lo que se te acerca sin remedio.
Vas, vienes y te quedas para siempre haciéndote notar. Bendita la arena que te tiene en tu detener y benditas las olas de que se contonean al llegar a tierra firme.
Deja una respuesta