Perdonen que hoy no alce la voz al escribir, os susurraré levemente para cuidar el estado de mi garganta desgarrada con los cambios de temperatura y forzada por quehaceres de maestro de escuela andante que no ambulante ni deambulante.
Así, muy flojito, ¿cómo cuándo quieres decir algo al oído que sabes que va a provocar una reacción instantánea? Pues así… muy suaaaaaave, ni aterciopelada es la palabra, más suave aún.
Martes y con estas hechuras de conquistador de medio pelo, de cantaor en su último día de gira, dejando que el eco diga lo que deba al volver la calle y asientes, lo mires a los ojos y le dices casi sin decirle nada: lo que tú digas.

Hoy me aparece gritar, chillar, desgarrarme la garganta pero no puede ser, hay que cuidarse y por eso este artículo es así de íntimo, de cercano, de mesita para dos y sin flores de por medio que intervengan entre nuestros ojos para que ellos hablen por mí.
Hoy el don no es el de la palabra; hoy es el del silencio medido, respetuoso y observador; tan analista como siempre pero acentuado por las circunstancias.
Hoy no hablaré nada sobre ti aunque todo te lo he dicho. Hoy mírame a la cara y dime que me quieres todavía, como dice la canción.
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