
El Betis está en cuartos de final de la Copa del Rey tras ganar 2-1 al Elche. El resultado dice una cosa. El fútbol, otra muy distinta. Porque el equipo de Pellegrini volvió a dejar una imagen pobre, plana y preocupante, incluso ante un rival inferior. Pasar de ronda no puede tapar lo evidente.
El Elche, sin complejos y con mucho menos, puso en aprietos a un Betis blando desde el inicio. Falta de tensión, desajustes defensivos y una facilidad alarmante para conceder ocasiones. El gol visitante no fue una casualidad, fue un reflejo de un equipo mal colocado y sin alma competitiva durante demasiados minutos.
Con balón, el Betis fue un equipo previsible hasta el bostezo. Ritmo bajo, posesión sin colmillo y muy poca gente asumiendo responsabilidades. Ni liderazgo ni jerarquía. La sensación era la de un equipo que juega por inercia, esperando que algo pase, no forzando que pase.
El pase lo sostuvo el Chimy Ávila. Dos goles, carácter y rebeldía. Sin él, el Betis probablemente estaría fuera. El empate devolvió la vida y el segundo tanto, envuelto en polémica, resolvió una eliminatoria que nunca debió llegar tan justa. Pero que nadie se confunda: esto no es una buena señal.
El Betis sigue en Copa, sí. Pero sigue sin competir como exige el escudo. Y Pellegrini, guste más o menos, tiene responsabilidad directa. Porque avanzar está bien, pero jugar así es hipotecar el futuro. Y en Copa, más temprano que tarde, la factura siempre llega.
