
A lo largo de los siglos, las mujeres que sabían sentían o hablaban demasiado, fueron silenciadas. A algunas les llamaron brujas.
A otras, locas.
A muchas más, simplemente peligrosas.
No por maldad. Sino por poder. Y ese miedo ancestral no se fue con el humo de las hogueras. Sigue vivo, susurrando en la piel de muchas mujeres modernas.
Luciana era una de ellas.
Terapeuta, intuitiva, inteligente. Con un don agudo para leer las emociones de los demás.
Desde pequeña percibía más de lo que se decía en voz alta.
Sabía cuándo alguien mentía. Sentía el dolor ajeno como si fuera suyo.Y sin embargo… aprendió a esconderlo.
Porque cada vez que expresaba su intuición, la llamaban “rara”.
Cuando cuestionaba, le decían “mandona”.
Cuando brillaba, intentaban bajarle el volumen.
Así, Luciana se partió en dos. La que era, y la que creía que debía ser para ser aceptada.
La herida de bruja no siempre sangra.
A veces se manifiesta como:
– Miedo a ser vista.
– Pánico por destacar.
– Culpa por poner límites.
Dudas constantes sobre la propia voz.
Era una herida ancestral que le susurraba:
“Si muestras tu poder, te rechazarán.”
“Si hablas demasiado alto, te castigan.”
“Si sanas a otros, te van a acusar.”
Luciana no sabía que esa herida no era solo suya.
Era de sus abuelas. De sus ancestras. De miles de mujeres que, en algún momento, fueron castigadas por ser sabias, intuitivas, libres.
Un día, en un círculo de mujeres, la escuchó por primera vez:
“La herida de bruja.”
La facilitadora explicó:
“No todas fuimos quemadas, pero todas fuimos advertidas.”
Esa frase le atravesó el alma.Y por primera vez, Luciana lloró no por debilidad, sino por memoria.
El proceso de sanación fue tan profundo como antiguo.
Empezó por honrar su intuición, sin necesidad de explicarla.
Dejó de suavizar sus opiniones para no incomodar.
Empezó a escribir, a guiar, a enseñar.
Creó espacios donde otras mujeres pudieran recordar su propia medicina.
Usó herramientas de psicología transpersonal, regresión a vidas pasadas, journaling terapéutico, constelaciones familiares, rituales lunares y afirmaciones canalizadas.
Pero sobre todo, recuperó su fuego.
Y al hacerlo, encendió otras llamas.
Sanar la herida de bruja no es gritar más fuerte,
es susurrarte a ti misma que tu magia es segura.
Es entender que ya no hay hoguera.
Que hoy, el mundo necesita de tu visión,
tu voz,
tu sabiduría.
Luciana no se volvió bruja.
Recordó que siempre lo fue.
Y al hacerlo, liberó a todas las mujeres que un día también lo olvidaron.
