Desde el día anterior a la festividad de la virgen recuerdo ver el trajín de mi madre lavando y planchando la ropa que nos pondríamos el día siguiente para ir a ver a la Virgen. Esa noche todos estábamos muy temprano acostados, porque a la mañana siguiente nos levantaríamos temprano, casi de madrugá.
Vivíamos este acontecimiento con tanta ilusión que sólo es comparable con la madrugá del Viernes Santo donde nerviosos esperábamos la llegada del mediodía para enfundarnos nuestras sagradas túnicas de nazarenos y donde era un gozo para mi madre ver salir a los tres, juntos hacia la Capilla del Patrocinio.