
El Betis volvió a ser el Betis cuando más falta hacía. Noche europea en el Villamarín, de esas que pesan, de esas que marcan camino. Enfrente, un Feyenoord serio, trabajado, incómodo. Pero este equipo de Pellegrini, cuando se conecta, sabe muy bien lo que hace. Y esta vez no falló.
El partido arrancó con respeto, casi con miedo a equivocarse. Mucho centrocampismo, pocas concesiones y un Betis paciente, esperando su momento. No había prisas, pero sí intención. Y cuando apareció Antony, el partido cambió de tono. El brasileño, inspirado, con esa chispa que levanta al estadio, encontró el hueco y encendió la mecha. Gol y alivio. Porque marcar primero, en Europa, es media vida.
A partir de ahí el Betis se sintió cómodo. Sin alardes, sin volverse loco, controlando tiempos y espacios. Y justo cuando el Feyenoord parecía asomar la cabeza, llegó el segundo. Abde, vertical, eléctrico, decidido. Golpe encima de la mesa y sensación de que el partido estaba donde quería el Betis.
El tramo final fue más de resistencia que de brillo. El Feyenoord recortó distancias y obligó a sufrir, como casi siempre. Tocó apretar los dientes, correr hacia atrás y sostener el resultado con oficio. No fue bonito, pero sí necesario. Y también eso es competir.
Victoria importante, de las que suman algo más que tres puntos. El Betis sigue creciendo en Europa, se gana el respeto y se regala una noche de esas que el beticismo guarda. Porque este equipo, cuando quiere, sabe competir. Y hoy, quiso.

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