
Se le veía cansado, agotado quizás. Pareciera que su cuerpo se curvaba más de la cuenta, al menos era mi percepción, tras verlo caminar poraquella callejuela.
Me percaté de ello tras contemplar su perfecta silueta enaquella pared que calcaba su figura cual boceto.
Su cabeza ladeada un tanto cabizbaja, no me dejaba ver su rostro con nitidez, aunque no era necesario, lo conocía a la perfección. Su eterna mansedumbre se hacía patente, era delatador. Una formaexcepcional de manifestar su resignación. Dejaba caer su peso sobre el pie izquierdo, al flexionar su rodilla. Se esforzaba por seguir caminando, un Jueves Santo más, derrochando Pasión por doquier. Pronto llegaría a casa, donde descansaría entre retablos de plata.
Sin quererlo, tomé conciencia pues, mi Nazareno ya no me pertenecía, pues vida propia tomaba entre el gentío, en esta bendita tierra soberana.
Atrás quedaron nuestras conversaciones, donde el silencio imperabay aunque con mis manos le tallé y Dios de la madera me apodaban, dejé de ser maestro por momentos y cual fiel aprendiz, seguí sus pasos, en el barrio de la Alfalfa, entre adoquines y naranjos.
Nuestro Padre Jesús de la Pasión se refugia bien cerca de su maestro, es inviable separarlos, ambos necesitan uno del otro. El que dice ser el creador, se siente confuso, pues es un atributo que no le corresponde, es entonces cuando Martínez Montañés susurra a su creación divina: “en verdad es obra de Dios, que no mía”.

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