
Inocencio le habla al oído con voz atropellada; el rezo esgrime una letanía que no acaba por cesar pero, parecía de algún modo disconforme ese día. Se ajustaron al protocolo; fue su ser de gratitud plena el que lo había orillado a esa misión; punto y aparte o más bien punto y final, los brunos rizos del silenciado siervo se enclaustraban en ambos trazos de sus mejillas cuando recibió el perdón de sus pecados y le fue impuesta la bendición a su frente en forma de un casto beso.
Con un delineo a su rostro de piel aceitunada, ronroneó poco y observó entre sus manos el rosario que engalanaba las tersas ropas del cardenal; porque él, amaestrado bosquejaba la superficie del telar conforme se hallaba en una ligera duermevela.
«Yíarinis…dulce Yíarinis, jamás te demando conocer el pensamiento con este nombre». La voz del cardenal labraba el camino a la cordialidad. «Alabado seas, Jonathan. Dulcificada sea tu alma en sagrada penuria. Recuerda siempre quién fuiste. No te dejes derrapar entre improperios y recapacita. Admira el Sol, mi buen Jonathan y encontrarás la paz que tanto buscas entre los ángeles y santos del pueblo».
Yíarinis lo escucha. Es otra lección; a veces las recibe y dialoga mascullando sigilos en su piel de agua viva. Recapacita como le pide de favor el cardenal y presto a obedecerlo, se cubre las manos que no son suyas del todo y convoca el rosario de la providencia; y aunque no conoce el cuerpo en el que fueron puestos los abrigos de su propia eternidad; tiene el vago recuerdo de un danzar enloquecido presto del éxtasis.
Las imágenes viajan en su memoria, porque no es que las vea; es que las siente. El corazón delator de la humanidad de ese consorte de augurios; de trinos rasos, despierta en él una sonrisa, quizá a morir en sus labios. Quizá a pecar con impurezas de esa alma con la que comparte el cuerpo. La mañana apenas se anuncia.
Protegido por Dios Inmaculado; Inocencio acaricia sus cabellos como padre más que un Padre de Iglesia con fineza al pronunciar palabras de grandeza; Yíarinis tiende su mejilla sobre su regazo, mira a la nada con sus ojos de león añil.
Será incierta la misión pues emplean a Yíarinis, no, a Jonathan, como el más turbio de los vigilantes en ese tipo de casos. Inocencio nada más lo entregará, a su pupilo, a su niño pese a que no lo desee. No sabe que le deparará pero son un equipo. Yíarinis y él esgrimirán las viejas artes del combate de ser posible y caminarán juntos como hasta ese día en que son el mismo oriundo de la religión más poderosa.
En eso es interrumpido por el imberbe que desata caos por su violación al protocolo. Inocencio lo admira desde su posición cuando termina de rezar y lo deja con una admiración a la nada aunque el cardenal enfrenta al intruso con su cuerpo enclenque Jonathan recuerda el repasar de las manos de su madre; llora un poco en su interior, y cuando lo admira, a ese ser de porte álgido algo hermenéutico o quizá hermético reluce entre sus sienes de sierpes finas.
No habla al principio. No piensa en el futuro, si no en el momento en que ese ser se sacrifica con estar ahí. Recapacita y por su culpa parpadea y le ofrece el brazo o más bien la mano que se posa con tibieza contra la otra de absoluto poder.
Inocencio abandona a Jonathan o lo que sea y atrae la atención de este sobre los ojos que se lanzan entre la anatomía. Lo vislumbra durante un rato, sin decir nada. Porque estudia a ese ser de tristes lunas y por esto ladea la cabeza, al tiempo que olfatea el aire como si se tratara de un perro antes de declamar con un gesto, que más que un gesto se trata de un beso en verso.
》 Cera de abeja, una vez soñé con abejas. Comía miel directo de una colmena.
Susurra en lo que sella sus ojos y vuelve a abrirlos. Cambian de color entre parpadeos; del añil al rosa, del rosa al blanco; blanco a verde a añil. Sonríe como si recordara más, porque recuerda. Aunque es un fragmento.
》 Traes a mí, algo más que un simple soplo. Traes el tiempo en una moneda; la sal de las lágrimas de una madre que derramó el infierno sobre su hijo. Piensa que perdura más allá del tiempo que retraes entre tus manos. Recapacita y abandona la eternidad de esos salmos que una vez enjuiciaron a un imperio.
Estaba teniendo una visión y, por eso apretó el brazo del ser sollozante. Lo vio sollozar sobre su propio cadáver en una segunda vida; él recapacitaba; sonreía; entreveía más allá y más acá.
》 Mi nombre es Jonathan…








