¡De nuevo vuelven mis recuerdos!
No lo puedo evitar, cuando se trata de algo tan nuestro, mi memoria retrocede a cuando de chaval veía a mi vecino Andrés cada mediodía cargado con su saco de arpillera, casi lleno de esos higos chumbos que cogía de no sé qué campo, donde parece ser era una auténtica mina por la cantidad de chumberas que había, y que él con destreza recogía no sin llevarse sus buenos pinchazos, y de sacar todas sus ropas llenas de espinas.
Recuerdo como su mujer, Consuelo, “la puñetera” como él la llamaba, le advertía constantemente ¡cuidaíto donde te pones a limpiarlos, que todos los días me pones la casa llenita de espinas!
El pobre Andrés, se metía en el cuarto lavadero donde quedaba después de cientos de trastos, un pequeño espacio , lo justo para colocar una vieja silla de enea, donde él se sentaba. En el suelo el saco con los higos y un viejo cajón de botellas de cerveza, de la marca Cruzcampo, donde dejaba caer la funda de cada higo. Siempre apoyaba un gastado barreño de cinc en la puerta del cuarto, donde depositaba los higos limpios y al mismo tiempo le servía de freno a la puerta, que tenía la tendencia a cerrarse.
Tarea diaria, que el pobre Andrés realizaba para tenerlos preparados para llegada la tarde, sacarlos a la calle y que los chavales pudiésemos degustar tan rico manjar, por un módico precio.
Casi siempre se ponía en un recodo que hacía la calle, junto al portal de nuestra casa (digo nuestra casa), porque vivíamos en una casa de vecinos en el número 148 de esa por cierto ¡bendita calle Castilla! y que le permitía colocar todos los artilugios, de forma que le pudieran ver de casi todos los lados de la calle.
Esta misma tarea pero triplicado, la efectuaba cuando llegaba la tradicional Velá, que entonces acompañado siempre de su hijo Paquito, porque la distancia desde la casa, con todo cargado su fortaleza no se lo permitía hacerlo solo.
Se colocaba casi pegado al “Mechero”, nombre que recibe la capillita de la Virgen del Carmen, porque él siempre decía, la gente de Sevilla se gastan las perrillas, y había que aprovecharlo. Así diariamente cada día de verano.
Andrés, aunque cansado y agobiado por los años, realizaba tan digna y punzante tarea para que a la gente de su “Triana”, no le faltase como cada año sus fresquitos higos chumbos.
Son antiguas tradiciones por las que deberíamos luchar todos para que perduraran en el tiempo, ya que aparte de alegrarnos el paladar en los calurosos días de verano, nuestros bolsillos a penas lo notarán.
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